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domingo, 1 de junio de 2008

Karl Marx y las injusticias del mercado


Por Fernando Lizárraga

Nadie ha hecho tanto como Marx para sentar al mercado en el banquillo. Nadie como él ha arrancado las máscaras que fascinan a los vulgo economistas y a los filósofos de la apariencia. A Marx le debemos el haber mostrado sin ambages la tragedia que ocurre detrás de la idílica escena del mercado. Y no sólo le debemos el haber develado el “secreto” (hidden abode) de la forma mercancía y las operaciones mistificadas del mercado, sino el haber condenado como injusto al modo de producción del cual la mercancía y el mercado auto-regulado son elementos esenciales. Se sabe que ha habido mercados desde el alba de los tiempos pero “el mercado”, en el sentido de una esfera independiente de todas las demás relaciones sociales, como espacio donde las cosas parecen establecer relaciones sociales entre sí, sólo existe en el capitalismo. En los últimos años, y gracias (o por culpa de) una miríada de apologistas, nos hemos acostumbrado a una crasa antropomorfización del mercado o “los mercados”. El mercado o “los mercados” han cobrado algo así como vida propia, independientemente de quienes operan en ellos; los mercados “deciden”, “suben”, “bajan”, “se ponen nerviosos”. ¡Si hasta “votan todos los días”, a decir el inefable George Soros! Semejante naturalización, que no es nueva pero ahora es extrema, ha hecho que se perdiera de vista la necesidad de “juzgar” al capitalismo y sus miserias, porque lo “natural” no puede ser objeto de valoración y condena moral.

En esta y las siguientes tres clases, intentaremos aproximarnos a la sociedad de mercado, es decir, al capitalismo, desde una perspectiva normativa. Nos guiará, básicamente, la pregunta de si el capitalismo es o no injusto y, por fuerza, deberemos esbozar, aunque sea muy someramente, el marco normativo desde el cual resulta posible condenar al capitalismo por sus injusticias. Aunque lo que aquí plantearemos ha sido objeto de un largo y erudito debate en las últimas tres décadas (debate que, desde luego, aun no se ha agotado) todavía hay quienes se sorprenden cuando se postula la necesidad de argumentar normativamente contra el capitalismo. Quienes no están familiarizados con las controversias al interior de la tradición marxista, suelen dar por sentado que Marx condenó “moralmente” al capitalismo. Otros, quizá más consustanciados al menos con los textos canónicos, suelen mirar estos planteos con cierto escepticismo: “¡Pero si Marx hizo ‘ciencia’ y explícitamente evitó cualquier lenguaje moral en su análisis del capitalismo!”, protestan. Este es precisamente el problema, y nuestro punto de partida.

El renacimiento de la filosofía moral y política, que tuvo su punto de inflexión en la obra Teoría de la Justicia (1971), de John Rawls, suscitó una renovada interrogación sobre las dimensiones normativas de la tradición marxista y el pensamiento marxiano en particular. Como es sabido, tanto Karl Marx como Friedrich Engels procuraron superar los devaneos moralistas de los socialistas utópicos, los socialistas burgueses y los reformistas filantrópicos de su tiempo. Sus esfuerzos estuvieron dirigidos, muy concreta y conscientemente, a desentrañar la naturaleza del capitalismo, a realizar una crítica de la economía política, desde un punto de vista “científico”. El título de la famosa obra de Engels es elocuente en este sentido y revela el núcleo del proyecto de los fundadores. Esta demarcación fue necesaria en aquel momento, sin duda; pero creemos que ha tenido consecuencias no deseadas con el paso del tiempo. Cierto marxismo colapsó en un crudo cientificismo y descuidó con desprecio olímpico las dimensiones normativas de la crítica. De algún modo, la crítica fue concebida sólo en sus dimensiones explicativas. Pero, como bien dice Alex Callinicos, no puede concebirse una “crítica” sin la existencia de dimensiones normativas (cf. Callinicos, 2006a). Por lo tanto, estamos en presencia de una tensión entre lo explicativo (científico) y lo normativo (ético). Para algunos, sólo la primera dimensión es estrictamente marxista; otros, en cambio, pensamos que ambas dimensiones son partes necesarias del proyecto emancipatorio de la clase trabajadora y que esta fue (aunque no sin inconsistencias) la idea de Marx.

A mediados de los años 1980, el británico Norman Geras tomó nota de un intenso debate que venía dándose en las filas del marxismo, especialmente en su vertiente anglosajona. Tras revisar unas treintena de artículos y libros, produjo su impecable “The Controversy about Marx and Justice”, un ensayo que, a nuestro juicio, es definitivo para comprender si Marx condenó al capitalismo como un sistema injusto. Como veremos, la respuesta de Geras es paradojal, pero explícitamente favorable a quienes afirman que Marx repudió al capitalismo por sus injusticias. Para comenzar conviene obervar que la fuente de la controversia radica, ni más ni menos, que en las inconsistencias del propio Marx.

Quienes niegan que Marx haya condenado al capitalismo por sus injusticias usan a su favor una colección de contundentes fragmentos marxianos en las cuales el pensador de Tréveris se mofa y deplora el lenguaje que invoca los derechos naturales, los ideales y nociones tales como justicia, derecho, moral. Para Marx, todo esto no es sino “obsoleta basura verbal”. Así, según Marx, los comunistas no predican ninguna moral, los trabajadores no tienen ningún ideal por realizar, y la buena sociedad aparece como un “movimiento real” antes que como un estado de cosas fundado en principios y normas deseables. Estamos en presencia de un Marx evidentemente hostil a la reflexión ética, y también de un Marx cuya concepción de lo justo está viciada de una fuerte carga positivista. De allí, por caso, la famosa sentencia de la Crítica del Programa de Gotha (1875), donde sostiene que “[e]l derecho nunca puede ser superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado” (Marx, 1973a: 425). Esta frase, junto con otras que veremos más adelante, ha dado pábulo a quienes sostienen que Marx nunca pudo haber condenado al capitalismo desde principios trans-históricos, ya que aquí muy claramente abona una suerte de relativismo moral: cada formación social debería ser juzgada en función de sus propios parámetros y no desde alguna norma trascendente. En consecuencia, si el capitalismo ha de ser juzgado, dicho juicio no puede hacerse sino a partir de los parámetros del propio capitalismo.

Ahora bien; ¿cómo interpretar el rechazo marxiano de la crítica moral?, ¿cómo conciliar sus aserciones acerca de que la compra-venta de fuerza de trabajo no involucra daño alguno para el trabajador cuando al mismo tiempo formula explícitos juicios sobre la extracción de plus-trabajo y plus-valor como “robo”, “hurto”, “saqueo”, “pillaje”, etc.? ¿Cómo es posible que un mismo autor, y nada menos que un autor como Marx, pueda decir ambas cosas: que la relación salarial es justa y que, al mismo tiempo, implica un “robo”? La respuesta de Geras, como decíamos, es paradojal pero ilustrativa: “Marx pensaba que el capitalismo es injusto, pero no pensaba que pensaba así”. Dicho de otro modo, la dimensión normativa (la crítica moral) es inherente al pensamiento marxiano, pero lo es como una dimensión “reprimida”, tal vez para evitar un derrumbe en un moralismo puro que no deja espacio para la acción política. O tal vez, también, porque Marx, a decir de Callinicos, tenía una meta-ética equivocada que le impedía concebir conscientemente normas universales capaces de abarcar la diversidad de lo humano. Con todo, la pregunta persiste: ¿por qué dice Marx que el capitalismo es a la vez justo e injusto?

La explotación como robo o hurto

Lo expuesto nos remite a uno de los elementos centrales de la crítica marxiana al capitalismo: el concepto de explotación. En primer lugar, y sin pretender incursionar en vericuetos exegéticos, lo cierto es que el término que Marx utiliza en alemán (ausbeuten) alude inequívocamente a la idea de “sacar provecho de alguien” o, más precisamente, “sacar provecho injusto de alguien”, como lo recuerda oportunamente Jon Elster (Elster, 1989: 59). Sin embargo, para demoler esta inferencia, allí está la famosa frase del capítulo VII de El Capital, donde se lee: “El hombre del dinero pagó el valor diario de la fuerza de trabajo; por lo tanto le pertenece su uso durante el día, el trabajo de una jornada. Que el mantenimiento cotidiano de esa fuerza cueste apenas media jornada de trabajo, aunque pueda funcionar o trabajar durante la jornada entera, es decir, que el valor creado por su uso durante un día sea el doble de su propio valor diario, es una casualidad afortunada para el comprador, pero en nada lesiona el derecho del vendedor” (Marx, 1973b: 200-201, énfasis de F.L.). Está dicho; que la mercancía “fuerza de trabajo” puesta en uso tenga la propiedad de producir mucho más valor del que se ha pagado por ella, es un hecho objetivo, y como tal una cuestión de buena suerte para su comprador (el capitalista), pero en modo alguno un daño, perjuicio o lesión (injury) para el vendedor (el trabajador). Sin embargo, como el mismo Marx lo ha advertido, este intercambio de equivalentes (salario por fuerza de trabajo) sólo es cierto en la esfera de la circulación, que es la única que toman por verdadera los apologistas del mercado.

Como lo sabe cualquier estudiante de grado, más allá de la esfera de la circulación está la esfera de la producción, donde las apariencias se esfuman y la cruda sustancia de la relación salarial queda al desnudo. Quienes se aferran a la cita recién mencionada, parecen olvidar que en el capítulo VI Marx deplora con incomparable ironía la pretensión de enjuiciar al capitalismo según sus propios estándares. Nos dice que la esfera de la circulación es el “verdadero Edén de los derechos naturales del hombre” donde “sólo reinan la libertad, la igualdad, la propiedad, y Bentham” (Marx, 1973b: 182). Aquí, en este escenario de apariencias, todos son libres de vender y comprar voluntariamente; todos son igualmente poseedores de mercancías; todos son propietarios de algo que es suyo; y todos buscan, inspirados en el grotesco utilitarismo benthamiano, su propio interés (o, en términos más actuales, la maximización u optimización de su utilidad). Pero, prosigue Marx, “en el momento en que salimos de esta esfera de la circulación simple, que proporciona al librecambista vulgar sus nociones, sus ideas, su manera de ver y el criterio de su juicio sobre el capital y el trabajo asalariado, vemos producirse, en apariencia, una transformación en la fisonomía de los personajes de nuestro drama. Nuestro viejo conocido, el hombre del dinero, toma la delantera y, como capitalista, marcha a la vanguardia; el poseedor de la fuerza de trabajo lo sigue como trabajador de él. Aquél lo mira con desprecio, con apariencia de persona importante y atareada; éste se muestra tímido, vacilante, reacio, como quien ha llevado al mercado su propio pellejo y no puede esperar más que una cosa: que lo curtan” (Marx, 1973b: 183, énfasis de F.L.). No hace falta ser muy sagaz para observar que, en definitiva, estamos en presencia de una relación no sólo asimétrica, sino moralmente condenable. Pero lo más interesante es que, como bien dice Marx, no es en la esfera de la circulación donde debe buscarse el criterio para juzgar al capital. Por consiguiente, pierden fuerza las imputaciones de relativismo que quieren hacérsele a Marx: el capitalismo no puede ser juzgado correctamente (eso es cosa de los librecambistas vulgares) desde sus propios criterios; debe haber otros, diferentes y trans-históricos.

De todos modos, insistirán los escépticos, lo que Marx está haciendo es simplemente describir una situación asimétrica, pero no la está condenando como injusta. A fin de cuentas, dirán, no está demostrado que aquí hay un “robo”; el obrero sabe que va a ser despellejado y que su pellejo será curtido, pero nada más. Otra vez, pareciera que el capitalista es apenas un sujeto afortunado que habita una época en la cual puede aprovecharse de esa portentosa mercancía llamada “fuerza de trabajo”. Podría alegarse, entonces, que el robo al que Marx alude tantas veces nos remite a la violenta acumulación primitiva, magistralmente descripta en el capítulo XXIV de El Capital. Habría, pues, un vicio de origen en la propiedad privada capitalista, ya que esta es fruto de un despiadado proceso histórico en el cual los campesinos y pastores fueron despojados de sus tierras y de las tierras comunes para ser arrojados al mercado como “trabajadores libres”, libres ya de toda propiedad excepto su fuerza de trabajo. Pero esta injusticia originaria no tendría suficiente peso “moral” y, en todo caso, exigiría un casi imposible proceso de rectificación de injusticias pasadas (ver la octava clase de este curso, sobre Robert Nozick). No vamos a abundar en este punto aquí. Pero lo cierto es que el capitalista y el trabajador entran a la esfera de la circulación, del intercambio de “equivalentes”, en una situación de desigualdad manifiesta. ¿Es esta desigualdad injusta? Y para especificar la pregunta: si hay alguna injusticia; ¿esta reside en la desigual dotación de recursos, en la compulsión a vender fuerza de trabajo que sufre el trabajador (si es que existe tal compulsión), o en el hecho de que el capitalista se apropia de plus-valía por la cual no ha pagado?

El economista John Roemer (1982) ha elaborado una sofisticada (y formalizada) teoría de la explotación como desigualdad de recursos. En base a una argumentación que utiliza los juegos de coaliciones, sostiene que existe explotación en tanto y en cuanto pueda demostrarse que el grupo explotado podría estar mejor en caso de que se retirara del sistema con su dotación de recursos (según estipulaciones específicas para cada modo de producción). Por lo tanto, en términos normativos, la injusticia de la explotación residiría en la desigual distribución de los recursos externos. De algún modo, esta visión está presente en la obra marxiana, a pesar de que Marx mismo, en ciertos pasajes de sus obras, ha expresado un rechazo categórico a las posturas distribucionistas. La crítica a los autores del Programa de Gotha es un caso paradigmático en este sentido. Por cierto que Marx luchó denodadamente contra las visiones puramente reformistas y los programas redistributivos en un sentido estrecho, esto es, aquellos que propugnaban una mejor distribución de los bienes de consumo, del salario, sin atacar al salario en sí. Pero, como ha demostrado Geras, existe en la obra de Marx un juicio trans-histórico sobre la ilegitimidad de la propiedad de los recursos externos que remite a una concepción distributiva más amplia. En rigor, la condena marxiana a la desigual distribución de los medios de producción es, en sí misma, una postura distribucionista en un sentido amplio. Y un tal rechazo se formula desde una perspectiva distinta a los parámetros del capitalismo; se formula desde un sistema social “superior”: el comunismo.

Concretamente, en el volumen tercero de El Capital Marx sostiene: “Desde el punto de vista de una organización económica superior de la sociedad, el derecho de propiedad de ciertos individuos sobre determinadas partes del globo parecerá tan absurdo como el de un individuo sobre su prójimo. Toda una sociedad, una nación y aún todas las sociedades contemporáneas juntas, no son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, la disfrutan, y deben legarla a las generaciones futuras después de haberla mejorado, como boni patres familias” (Marx, 1973c: 763, énfasis de F.L.). Según Geras, esta visión distributiva amplia, que rechaza la propiedad privada sobre los recursos externos tout court, desde una mirada que surge de “una organización económica superior de la sociedad” es revolucionaria “por excelencia”. Lo que aquí está en juego es una concepción de justicia distributiva desde la cual Marx condena al capitalismo como injusto, una concepción que incluye principios normativos de justicia.

Quienes, a pesar de todo, se resisten a ver una concepción de justicia distributiva en Marx, suelen alegar que la crítica de la explotación está basada en otros valores, como la libertad o la auto-realización. Por supuesto que Marx condena la opresión y la degradación que sufren los trabajadores en el capitalismo. Pero, en última instancia, tanto las libertades y las condiciones objetivas (de recursos) para la auto-realización también están sujetas a criterios de justicia distributiva. Marx, en reiteradas oportunidades, critica a los capitalistas por robar o usurpar el tiempo libre “creado” por los trabajadores. Así, mientras estos crean las condiciones para la autorrealización y el auto-desarrollo, aquellos se apropian de tales condiciones y gozan de sus beneficios. Desde esta perspectiva amplia, tanto las libertades como otras condiciones de autorrealización también están mal distribuidas en el capitalismo. Pensar que la expansión de las libertades es el objetivo marxiano per se significaría incurrir en una visión meramente cuantitativa o agregativa totalmente ajena al pensamiento de Marx. En suma, una amplia concepción distributiva está presente en la noción marxiana de justicia, involucrando no sólo recursos externos, sino también ventajas sociales en un sentido extenso. Sin embargo, todavía puede alegarse que una distribución desigual no es injusta en sí misma y que, por desigual que pueda ser el acceso a los recursos o a las ventajas sociales, esto no es necesariamente producto de un “robo”. En otras palabras, la explotación, en tanto fenómeno relacional, puede ser impugnada como tal siempre y cuando viole algún “derecho” de los trabajadores. En este sentido, la contribución de Gerald Cohen resulta a todas luces fundamental. En primer término, Cohen sostiene que al describir la explotación como un “robo” (de plus valor o de tiempo de trabajo) Marx no lo hace en función de criterios intrínsecos al capitalismo. De hecho, el capitalismo no concibe la explotación como un robo; está claro que en la esfera de la circulación hay, para el capitalismo, un exacto (y justo) intercambio de equivalentes. Pero como Marx explícitamente habla de “robo” lo hace en un sentido no relativista; luego “como robar, en general, consiste en tomar incorrectamente lo que por justicia pertenece a otro, robar es cometer una injusticia, y un sistema ‘basado en el robo’ está basado en la injusticia” (en Geras, 1990: 226). Cohen distingue entre los aspectos causales y los aspectos normativos de la explotación. En este sentido, sostiene que la desigual dotación de recursos entre capitalistas y trabajadores (aspecto causal) es inherentemente injusta por su tendencia a producir una extracción forzada y no remunerada de plus valor. En pocas palabras, una transferencia es injusta cuando ocurre por las razones incorrectas. En la explotación capitalista existe, de hecho, una transferencia forzada y no remunerada de producto (plus valor); es decir, una transferencia que no está, por caso, basada en preferencias. Luego, la desigual distribución de recursos es causalmente fundamental, porque tiende a permitir lo que es normativamente fundamental: la transferencia forzada y no remunerada de producto. Así, “el flujo es injusto porque refleja una injusta división de recursos la cual es injusta porque tiende a producir precisamente dicho flujo” (Cohen, 1995: 199). Luego, la desigual distribución de recursos debe su injusticia -de manera derivativa- a la injusticia que tiende a producir, esto es, la extracción forzada de plus valor, la cual es normativamente fundamental.

Roemer considera que la explotación no es una buena base para una crítica moral puesto que, dada una igualdad inicial de recursos, no todos los flujos desiguales han de ser necesariamente explotativos. Esto puede ser verdad en algunos casos aislados, en condiciones de “laboratorio” o muy infrecuentemente en la vida real. No es, por cierto, la situación concreta que se vive en una sociedad de clases. El punto es, en última instancia, que Roemer no logra distinguir adecuadamente los elementos causales y normativos de la relación de explotación. A nuestro juicio, hay una pieza de evidencia textual en Marx, que vendría a respaldar la posición de Cohen. En el Manifiesto Comunista, los fundadores del materialismo histórico dicen: “Lo que distingue al comunismo no es la supresión de la propiedad en general, sino la abolición de la propiedad burguesa. [Los comunistas] en modo algunos queremos abolir esa apropiación personal de los productos del trabajo para la reproducción de la vida directa, apropiación ésta que no deja ningún producto neto que pueda otorgar un poder sobre el trabajo ajeno” (Marx y Engels, 1998: 57-58). Más aún, “[e]l comunismo no le quita a nadie el poder de apropiarse de productos sociales, sino que sólo quita el poder de sojuzgar trabajo ajeno mediante esa apropiación (Marx y Engels, 1998: 60). Como puede advertirse, la abolición de la propiedad burguesa es instrumental para eliminar la posibilidad de que alguien detente algún “poder sobre el trabajo ajeno” o de “sojuzgar trabajo ajeno mediante esa apropiación”. Esto es; la desigual distribución de los medios de producción es causalmente fundamental pero lo fundamentalmente normativo es el “sojuzgamiento” del trabajo ajeno; la propiedad privada de los medios de producción es injusta precisamente, como alega Cohen, por aquello que tiende a producir: el sojuzgamiento explotativo del trabajo de otros. Como habrá notado el lector, hasta el momento no ha aparecido sino lateralmente una cuestión central a la perspectiva marxiana: la perspectiva de clase. En sus esfuerzos por producir modelos para testear las intuiciones y los argumentos morales, los marxistas analíticos suelen imaginar mundos de dos personas, aislados de ciertas determinaciones concretas y, muchas veces, convenientemente simplificados para producir un resultado preferido de antemano. Así, a escala individual, incluso Cohen puede decir que no toda desigualdad de recursos necesariamente tiende a producir explotación, puesto que un trabajador que valora su dignidad más que cualquier otra cosa puede rechazar de plano la relación laboral, como así también podría darse el caso de que un capitalista filantrópico distribuyera la totalidad de sus ganancias entre los trabajadores. Esto nos remite al espinoso problema de hasta qué punto el trabajador está efectivamente “forzado” a ingresar en esa relación donde sabe que será despellejado y su pellejo inexorablemente curtido, según la cruda metáfora de Marx. No abundaremos en este punto, ya que será tratado más extensamente en nuestra clase sobre Robert Nozick. Baste decir por el momento que, si bien es cierto que a nivel individual cada trabajador es formalmente libre de abandonar a su clase convirtiéndose él mismo en capitalista, o que grupos de trabajadores pueden organizarse como capitalistas, también es cierto que dicha salida está vedada a los trabajadores en su totalidad. “[E]l proletariado es colectivamente no libre, una clase prisionera”, argumenta Cohen (Cohen, 1998: 433). Por ende, en tanto miembro de esa clase, cada trabajador está forzado a ingresar en la relación salarial explotativa por la “sorda compulsión de las relaciones económicas”.

Veamos ahora con más detalle la noción de “robo” o “hurto” con la cual Marx describe reiteradamente a la explotación capitalista. Norman Geras, en su artículo “Bringing Marx to Justice” (1992), se toma el trabajo de insistir en que el intercambio de equivalentes que se observa en la esfera de la circulación es una mera apariencia. Y más aun, contra sus críticos, registra varias decenas de ocasiones en las cuales Marx se refiere a la extracción de plus-valor como “trabajo no pago”, “trabajo sin compensación”, “apropiación de parte del trabajo sin equivalente”, “plus trabajo que al capitalista no le cuesta nada”, “trabajo no remunerado de los trabajadores”, y un largo etcétera. Por ello, sostiene que el lenguaje de “robo” no es un mero recurso literario ni una ironía por parte de Marx, sino que este concibe la explotación como una forma de robo, como la apropiación indebida de algo que por justos títulos (morales) pertenece a otros. “[E]l concepto de intercambio desigual no puede ser planteado en términos meramente físicos o naturales. Está normativamente constituido. Presupone, ya sea que se lo explicite o no, una noción de títulos debidos y su violación. Y como en general se trata de títulos sobre bienes económicos, su violación -la cual pudiera llevarnos a decir ‘él no me dio nada por tal cosa en particular’- ocupa exactamente el mismo espacio conceptual que el robo o el hurto. Estos son apropiaciones no compensadas de lo que por derecho pertenece a otros. El lenguaje del robo en Marx, por lo tanto, no es una caracterización ‘añadida’ a su persistente descripción de la explotación como intercambio desigual” (Geras, 1992). Muy por el contrario, en su minuciosa exégesis, Geras demuestra que las nociones de intercambio desigual y de robo aparecen en las mismas frases, de lo cual puede inferirse que no estamos en presencia de un mero accesorio retóricos sino de una identidad conceptual entre ambos términos.

Es cierto, por otra parte, que Marx tenía a mano la posibilidad de referirse a la explotación en términos estrictamente descriptivos, como una simple norma convencional de distribución del producto, o como una relación de intercambio desigual pura, aferrándose a lo que se ve en la esfera de circulación. Pero, como bien apunta Geras, no lo hizo, y eligió no sólo utilizar el concepto de explotación (con toda su carga valorativa) sino asociarlo reiteradas veces al de robo, hurto, pillaje, saqueo, etcétera. Aunque la doctrina oficial del propio Marx rechaza, erróneamente, los postulados éticos, su argumentación exhibe, como dijimos, una fuerte e imprescindible dimensión normativa, que a la vez está informada por principios trans-históricos y jerárquicos. Por ello, para observar la razón última por la cual Marx condena la explotación como un robo y, por consiguiente, el núcleo mismo del sistema capitalista, debemos remitirnos a los principios de justicia a los que Marx adscribe: el principio de contribución, y el principio de necesidades.

Principios de justicia distributiva

Como se sabe, Marx y Engels fueron renuentes a presentar un panorama detallado de la sociedad futura. Por momentos, como lo hacen en La Ideología Alemana, recurren a metáforas que lucen casi como una pastoral o bucólica. Aquella famosa descripción del individuo que se autorrealiza cazando, pescando, criando ganado y dedicándose a la crítica en diversos momentos del día no puede tomarse a pie juntillas. En casos como este, es dable interpretar que los autores están subrayando el fin de la alienación y, además, suponiendo una situación de superabundancia que haría que las normas distributivas fuesen innecesarias. En las obras posteriores, sin embargo, esta mirada se vuelve más sobria, por cuanto se afirma la perduración del “reino de la necesidad”, esto es, el espacio de tiempo que la sociedad debe dedicarle al trabajo socialmente necesario para la producción de bienes de consumo y la reproducción de las fuerzas productivas. Así, sólo la extravagante hipótesis de superabundancia y de hipersocialización hace posible postular la inexistencia de normas distributivas. En la medida en que subsistan una moderada escasez y una generosidad limitada, habrá circunstancias de justicia y, por ende, se requerirán normas que arbitren las demandas competitivas de los individuos o grupos. De allí que los principios marxianos que vamos a analizar sean normas distributivas en un sentido amplio.

El locus clasicus de los principios distributivos es la Crítica del Programa de Gotha (1875). Allí, Marx plantea dos fases sucesivas del comunismo; una fase inferior -que Lenin denominó socialismo-, y una fase superior o comunismo propiamente dicho. Para la fase inferior, de transición, Marx vislumbra una situación donde aún perduran las “marcas de nacimiento” de la sociedad capitalista. Si bien ya se ha superado la sociedad de clases, mediante la socialización revolucionaria de los medios de producción, los aspectos económicos, intelectuales, morales y motivacionales todavía están marcados por el sistema de preferencias propio del capitalismo. Más aun, las fuerzas productivas no han alcanzado el pleno desarrollo que se prevé para la fase superior. En esta primera fase, entonces, la distribución de los bienes de consumo se hará en función del quantum de producción que cada individuo aporte al fondo social. En principio, la norma, sin mayores calificaciones, diría que cada quien tiene derecho al producto de su trabajo. Pero Marx, para diferenciarse de los autores del programa, rápidamente señala que la totalidad de los frutos del trabajo no vuelven directamente al trabajador individual, ya que es preciso realizar una serie de deducciones para mantener la operatividad del sistema productivo, asistir a quienes no pueden trabajar, sostener la administración, etc. Recién cuando se han practicado estas deducciones para satisfacer necesidades económicas y comunes de la sociedad en su conjunto, la parte restante se divide proporcionalmente a la contribución productiva de cada trabajador. Para Marx, este principio de proporcionalidad o de contribución, tiene graves (e inevitables) defectos. Por un lado, se trata de un principio que, como toda norma burguesa, adopta un punto de vista que iguala a las personas en un solo aspecto; en este caso, como trabajadores “y nada más se ve en ellos”. Por eso, los resultados distributivos son profundamente no igualitarios, ya que un trabajador física y/o mentalmente más dotado y con menores necesidades personales y/o familiares, terminará -por el solo hecho de ser más productivo- recibiendo una remuneración superior a la de un trabajador menos productivo y con mayores necesidades.

Sin embargo, y esto es decisivo para la argumentación que venimos persiguiendo, el Principio de Contribución, a pesar de sus visibles defectos, es un “avance” sobre la norma burguesa de intercambio de valores equivalentes en el mercado. Más allá de las deducciones que se realizan para el fondo común, lo que está implícito, como señala Geras, es el reconocimiento del reclamo moral de los trabajadores a los frutos de su trabajo vis à vis el capitalista. En otras palabras, si la extracción forzada y no remumerada de plus valor -esto es, la explotación- constituye un robo, es porque de hecho, Marx reconoce que los trabajadores poseen títulos morales (más allá de los derechos convencionales) sobre el fruto de sus esfuerzos. Luego, y muy sencillamente, si los capitalistas toman “gratis” lo que es de otros están lisa y llanamente robando. Por consiguiente, la impugnación del aparente intercambio de equivalentes en el mercado se hace desde un principio que también es un principio burgués, en tanto postula un real intercambio de equivalentes en el socialismo. Marx lo dice con todas las letras al describir el Principio de Contribución: “La misma cuota de trabajo que ha dado a la sociedad en una forma, [el trabajador] la recibe de ésta en otra forma distinta. Aquí prevalece, evidentemente, el mismo principio que regula el intercambio de mercancía, por cuanto éste es intercambio de valores iguales. Han variado la forma y el contenido, porque bajo las nuevas condiciones nadie puede dar sino su trabajo, y porque, por otra parte, ahora nada puede pasar a ser propiedad del individuo, fuera de los medios individuales de consumo. Pero en lo que se refiere a la distribución de éstos entre los distintos productores, prevalece el mismo principio que en el intercambio de mercancías equivalentes: una cantidad de trabajo en una forma, es cambiada por otra cantidad de trabajo, en otra forma distinta” (Marx, 1973a: 424). En el capitalismo, la forma es un intercambio de equivalentes, mientras que el contenido real es la apropiación unilateral de plus valor por parte del capitalista. Ahora, en la primera fase del comunismo, forma y contenido han cambiado; ya no hay capitalistas que adelanten un salario equivalente al valor de la fuerza de trabajo y, por consiguiente, el contenido (la apropiación unilateral de plus-valor) tampoco existe ya. De este modo, el Principio de Contribución afirma el derecho de los trabajadores a los frutos de sus esfuerzos y, en consecuencia, impugna el robo intrínseco a la explotación. Jon Elster afirma, en coincidencia con el enfoque de Geras, que “la explotación es injusta porque viola el principio ‘a cada cual según su contribución’. El capitalista obtiene algo por nada, mucho por poco, a expensas de otros” (Elster, 1989: 77). Y añade: “[El principio de contribución] es una noción con dos caras, como Jano. Mirada por un lado sirve como criterio de justicia que condena la explotación capitalista como injusta. Mirada desde la ventajosa posición del comunismo plenamente desarrollado, resulta inadecuada debido al criterio más elevado expresado en el principio de las necesidades. Un capitalista sano que reciba un ingreso sin trabajar, representa una violación injustificada del principio de contribución -una violación, esto es, no justificada por el principio de las necesidades. Por el contrario, un inválido que recibe ayuda asistencial sin aportar nada a cambio, representa una violación del principio de contribución justificada por el principio de las necesidades” (Elster, 1989: 81-82). He aquí el núcleo de la teoría de la justicia marxiana (o, mejor dicho, de su concepción de la justicia distributiva): el comunismo necesita, en sus dos fases, principios distributivos y estos están jerárquicamente formulados. Y, además, son principios trans-históricos, que no sólo son la norma para su correspondiente fase sino que permiten una crítica de todas las formas de explotación precedentes, y del capitalismo en particular.

Que el Principio de Contribución sea una norma “burguesa” no significa que sea una norma “capitalista”. Es, apenas, como señala Elster una norma transicional, que revela, en buena medida, el “realismo moral” de Marx. La trans-historicidad de esta norma es fundamental para sustentar, una vez más, la lectura normativa del pensamiento marxiano. Como ha señalado Ziyad Husami (1980), quienes niegan que Marx haya condenado al capitalismo por sus injusticias suelen confundir la sociología de la moral con la teoría moral marxiana. La sociología de la moral marxiana, en efecto, sostiene que las concepciones morales predominantes están condicionadas por la formación social de la cual surgen; pero eso no implica que sea imposible concebir otras ideas y normas críticas de dicha sociedad. Y Marx tenía, aunque no se daba cuenta cabalmente de ello, una concepción de la justicia informada por principios de la justicia proletaria o post-capitalista. Y estos principios son trans-históricos. En este sentido, al referirse al Principio de Contribución, Geras sostiene: “Si, en consecuencia, este principio es, en algún sentido, un principio burgués, es el principio burgués del propio Marx, uno al que suscribía como segunda opción, luego del principio de distribución según las necesidades. Y en cuanto a si es o no es transhistórico, la jerarquía u ordenamiento de las normas distributivas mencionadas significa lo siguiente: que el comunismo será moralmente superior a la formación histórica transicional en la cual prevalece el principio de contribución laboral, el cual, por su parte, será similarmente superior a todos los modos de producción cuyos estándares y prácticas han sido explotativos. Este juicio cubre a casi toda la historia registrada y algo de la que aun ha de llegar (si es que llega en realidad). Esto ya es suficientemente trans-histórico” (Geras, 1992).

Pero, como anticipamos, el propio Marx observaba varios (inevitables) defectos en el Principio de Contribución. En primer lugar, es una norma que mide a todos con una misma vara -la contribución laboral-, ya que no ve en las personas otra cosa que trabajadores. De allí, por su unilateralidad, que su resultados distributivos sean no igualitarios. Vista desde el Principio de Necesidades, también es defectuosa, en tanto no asegura que cada quien reciba bienes de consumo según sus necesidades. Es verdad que las necesidades de aquellos que no pueden trabajar son contempladas en la constitución del fondo común (vía deducciones sobre el aporte individual) y que esto indica la operatividad parcial del principio comunista, pero el criterio de la contribución es el que prevalece. Geras sostiene que existe una cierta contradicción entre la formulación del principio de contribución que subyace a la crítica de la explotación (forma no-calificada) y la más refinada (o calificada) exposición de este principio en la Crítica del Programa de Gotha. Para precisar: cuando Marx describe la explotación como robo o hurto, está apelando a un principio de contribución no calificado según el cual los trabajadores tienen derecho al valor total del producto (o al menos así podría leerse); sin embargo, en la Crítica, es precisamente la noción de valor total la que Marx rechaza (volveremos sobre este punto en la octava clase). Cualquiera sea la razón de esta (posible) inconsistencia, el núcleo normativo del Principio de Contribución se sostiene; es a la vez una impugnación del ocio improductivo de los capitalistas y una afirmación del derecho de los trabajadores al fruto de sus esfuerzos. En definitiva, “[e]l reclamo moral de los trabajadores a los frutos de su trabajo funciona en relación a contra-reclamos basados en la propiedad de los medios de producción pero no en relación a los reclamos basados en las necesidades” (Geras, 1992).

Un punto que merece una especial atención es el hecho de que Marx encuentra que la capacidad contributiva individual depende de factores que él denomina “privilegios naturales”. Estas desiguales aptitudes o habilidades, junto con necesidades individuales diferenciales, hacen que los resultados distributivos del Principio de Contribución sean injustos (defectuosos). Es evidente, entonces, que Marx considera que las capacidades individuales no son una base de reclamos moralmente legítimos a la luz del Principio de Necesidades. Si se permite que influyan en la distribución socialista es sólo por una cuestión “práctica”, ya que la primera fase del comunismo está impregnada de aquellas “marcas de nacimiento” que condicionan todos los aspectos de la vida social. Pero, si se quiere, podría llevarse la visión distributiva marxiana un paso más aun, hasta la socialización de los talentos individuales. Esto es así porque, en el comunismo, según lo prevé el Principio de Necesidades, no existe relación de proporcionalidad alguna entre la contribución según las habilidades y la distribución según las necesidades. Y, cabe añadir, el Principio de Necesidades opera en circunstancias que no implican una abundancia absoluta ni la desaparición de las preferencias competitivas entre individuos. Por ello, el principio es claramente normativo y no una mera descripción de un estado de cosas.

Algunos se preguntarán cuál es el objeto de la presente discusión y, en particular, por qué insistir tanto en una recuperación de la dimensión normativa (ética) del marxismo. En primer lugar, porque es evidente que el marxismo ha quedado rezagado en esta área respecto de otras corrientes filosóficas, muy especialmente el igualitarismo liberal. Pero no se trata, desde luego, de un interés puramente académico. La afirmación de la dimensión normativa del marxismo es fundamental para enfrentar la sensibilidad postmoderna que rechaza toda verdad -especialmente la verdad moral-, y que considera que sólo lo dado, lo existente, es fuente de normatividad; problema que se observa tanto en el escepticismo y el relativismo “posmo” cuanto en ciertas elaboraciones supuestamente modernas, como las de Jürgen Habermas. Hoy, la “realidad” es la norma; algo inaceptable tanto desde el punto de vista del imperativo categórico kantiano cuanto desde una filosofía de la praxis que aspira a transformar el mundo. Como bien observa Callinicos, la crítica social necesita en nuestros días principios de justicia independientes y sustantivos (Callinicos, 2006b: 218). Por ello, frente al anti-esencialismo posmoderno, una crítica fundada en principios y valores se vuelve acuciante. Terry Eagleton ha dicho recientemente que, con excepción del capitalismo -en particular, de este capitalismo tardío-, ninguna otra sociedad en la historia pretendió conducir sus asuntos por fuera de normas morales y culturales, y que el socialismo es un intento por recuperar esta dimensión normativa en los tiempos modernos. Así, ante un mundo para el cual la verdad ético-política es irrelevante, al socialismo (y a las humanidades en general) les quedan dos opciones: o lanzar una crítica ética o asimilarse al cientificismo profesionalizado vigente. El marxismo no escapa ni ha escapado, dice Eagleton, a este problema: bien puede verse como una crítica moral al cientificismo o como una crítica cientificista de la moral. La solución a semejante dilema pasa entonces por articular un discurso (y una práctica) que sea a la vez “técnica y humana, ética y analítica” (Eagleton, 2006: 279). En otras palabras, se trata de articular en un todo congruente las dimensiones explicativa y normativa del marxismo. Y conviene resaltar el aspecto de la práctica que señala Eagleton. De nada serviría una crítica por sí sola, por más brillante y demoledora que fuese. El punto es que, como ha argumentado, entre otros, Allen Buchanan, los trabajadores y los oprimidos en general no se mueven simplemente en función de crudos “intereses”, sino también, y muy especialmente, en función de valores y principios que orientan la acción hacia un estado de cosas deseable y posible. Decir, argumentar y demostrar que el mercado capitalista tiene sus cimientos en un “robo” reiterado sigue siendo un buen punto de partida tanto para la crítica como para la acción.

Referencias
Callinicos, Alex 2006a “Igualdad y capitalismo” en Boron, A., Amadeo, J. y González, S. (comps.) La teoría marxista hoy. Problemas y Perspectivas (Buenos Aires: Clacso), pp. 263-280. Callinicos, Alex 2006b The Resources of Critique (Cambridge, UK: Polity Press). Cohen, Gerald A. 1998 “The Structure of Proletarian Unfreedom” en Goodin, R. y Pettit, P. (eds.) Contemporary Political Philosophy. An Anthology (Oxford: Blackwell), pp. 429-445. Cohen, Gerald A. 1995 Self-ownership, Freedom, and Equality (Cambridge-Paris: Cambridge University Press-Maison des Sciences de l’Homme). Eagleton, Terry 2006 “On telling the truth” en Panitch, L. y Leys, C. (eds.) Socialist Register 2006. Telling the Truth (London, New York, Halifax: The Merlin Press, Monthly Review Press, Fernwood Publishing) pp. 269-285. Elster, Jon 1989 “Explotación, libertad y justicia”, en Zona Abierta, 51-52, pp.57-86. Geras, Norman 1990 (1985) “The Controversy about Marx and Justice” en Callinicos, A. (ed.) Marxist Theory (Oxford: Oxford University Press) pp. 211-67. Geras, Norman 1992 “Bringing Marx to Justice: An Addendum and Rejoinder”, New Left Review, Number 195, September-October, pp.37-69. Husami, Ziyad 1980 “Marx on distributive justice” en Cohen, M., Nagel, T. y Scanlon, T. (eds.) Marx, Justice and History (Princeton: Princeton University Press) pp. 42-79. Marx, Karl 1973a (1875) Crítica del Programa de Gotha en Marx, K. y Engels, F. Obras Escogidas (Buenos Aires: Editorial Ciencias del Hombre) Tomo V, pp. 416-436. Marx, Karl 1973b (1867) El Capital. Critica de la Economía Política. Libro Primero en Marx, K. y Engels, F. Obras Escogidas (Buenos Aires: Editorial Ciencias del Hombre) Tomo 1. Marx, Karl 1973c (1894) El Capital. Critica de la Economía Política. Libro Tercero en Marx, K. y Engels, F. Obras Escogidas (Buenos Aires: Editorial Ciencias del Hombre) Tomo 3. Marx, Karl y Engels, Friedrich 1998 (1848) Manifiesto Comunista (Barcelona: Crítica-Grijalbo Mondadori). Rawls, John 2000 (1971) Teoría de la Justicia (México: Fondo de Cultura Económica). Roemer, John 1982 A General Theory of Exploitation and Class (Cambridge-London: Harvard University Press).

domingo, 23 de marzo de 2008

Homenaje al Che

Hola!!! Copio un fragmento del documento colectivo publicado recientemente por Amauta (ver link en este blog) a propósito del 80 aniversario del nacimiento del Che. Me parece que es un texto movilizador, contundente y necesario. Ojalá puedan tomarse unos minutos para leerlo completo. Abrazos. Fernando
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Homenaje al Che Guevara a 80 años de su nacimiento
Documento colectivo. Argentina, 2008
Ernesto Che Guevara, máximo símbolo de la revolución latinoamericana. Estrella incandescente de la rebeldía popular, los sueños de la juventud y los proyectos colectivos de cambios radicales y transformaciones de fondo. Pensamiento, militancia y acción en función de una estrategia de poder, contra el imperialismo y el capitalismo, por la liberación nacional y el socialismo en nuestra América. Así, de este modo, varias generaciones se vincularon al Che durante las décadas de los años ’60 y ’70. No como un atractivo objeto de mercado, vaciado de contenido, sino como expresión del proyecto político de revolución socialista continental. Con campos de concentración, secuestros, desapariciones, violaciones, cárcel, exilio, represión y muchas dictaduras militares asesoradas por la CIA y el Pentágono, el imperialismo yanqui y sus socias menores, las burguesías criollas, ahogaron esos proyectos populares a sangre, tortura y fuego. Más de 100.000 desaparecidos quedaron como secuela en toda América Latina, desde Guatemala y Colombia hasta Argentina, desde Chile hasta Perú, desde El Salvador hasta Bolivia, en todo el continente miles y miles de jóvenes militantes y combatientes dieron su vida siguiendo, día a día, el ejemplo del Che. Sólo con un genocidio brutal se podía parar tanta voluntad de lucha y tanto ejemplo de vida. Las burguesías no dudaron un segundo a la hora de defender sus negocios, sus cuentas bancarias, sus empresas, sus latifundios, sus billetes. Durante esos años tenebrosos el Che Guevara se volvió un desaparecido más. (El documento continúa en www.lahaine.org/amauta. Ver la entrada titulada "Iniciativas Homenaje al Che (Argentina. 2008)".

miércoles, 29 de agosto de 2007

Orwellianas

“El que controla el pasado -decía el slogan del Partido-, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”. Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban “control de la realidad”. Pero en neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar. (George Orwell, 1984).
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Cero coma cinco por ciento de inflación, ocho coma cinco de desempleo, nueve coma cinco de desempleo contando los beneficiarios de planes sociales, cuarenta y cinco mil millones dólares de reservas, seis por ciento del producto bruto para educación, en los noventa sólo estuvieron Macri, Menem y todos sus secuaces, nosotros estábamos en otra galaxia, los piqueteros volvieron de la ruta al barrio (y nadie escribió un libro), nunca hubo piqueteros en esta comarca, el neoliberalismo ya fue, no hay nada a nuestra izquierda, Aníbal y Alberto no tienen bigote, a Varizat se le rompió el cable del embrague, el pan cuesta dos con cincuenta, los chinos pagarán nuestra deuda externa, somos duros con el fondo y pagamos al contado, la desigualdad aumentó pero esto es lo normal, los gordos siempre fueron buenos muchachos, aquí no pasó nada, está todo bien y va a estar aun mejor cuando Kristina sea presidenta.
Néstor Kirchner ha logrado un prodigio sólo imaginado por el insomne de Orwell; ha instaurado el más perfecto “control de la realidad” o, lo que es lo mismo, ha inculcado el doblepensar en buena parte de la sociedad argentina. Por lo menos, doblepiensan los sectores bien pensantes y, fundamentalmente, doblepiensa con fervor la intelligentsia del Partido Interior. El Frente para la Victoria es el Partido Interior orwelliano. El nombre no es casual. Uno no puede dejar de estremecerse al recorrer las páginas de la distopía de Orwell y advertir que los miembros del Partido Interior viven en las Casas de la Victoria, toman Café de la Victoria, matan el hambre y el frío con Ginebra de la Victoria y fuman repugnantes Cigarrillos de la Victoria.
La Victoria -es decir, el poder- es el único fin que persigue el Partido Interior K. Es curioso, casi nadie ha reparado en este detalle. Tal vez, como ya nadie se fija en los nombres de los partidos -que suelen premeditarse en oficinas de marketing-, este parece ser un nombre inocente. Pero nada es inocente en nuestra Oceanía. La antigua técnica de ocultar mostrando tiene aquí un ejemplo fascinante. El nombre lo dice todo: el Partido Interior trabaja para la victoria, para una victoria eterna y hereditaria. Lo único que importa es la victoria, el poder por el poder mismo.
La Victoria (Niké) era una diosa con alas. No recuerdo bien dónde, quiénes, ni por qué, pero me parece haber leído por ahí (y si recuerdo mal no importa; la historia es buena de todos modos) que una ciudad griega (Atenas, tal vez) decidió romper las alas de sus diosas de mármol para que la Victoria se quedara siempre allí. Supongo que Atenea, sabia y celosa, debió haberse enojado mucho. Una victoria perpetua no sólo es pavorosa; también es imposible. Perdón por esta digresión; volvamos a Oceanía.
Orwell definía al Partido Interior como el “cerebro del Estado”; así se simple. Por eso, el Partido Interior K se nutre de una enorme legión de intelectuales que, en tiempos menemistas (ese horrible pasado que debe ser reescrito día a día), eran los principales voceros de las luchas emancipatorias. Con honrosas y escasísimas excepciones, los mismos que hace unos años clamaban por la revolución y deploraban a garganta llena los estragos del capitalismo neoliberal, ahora elogian sin ruborizarse las supuestas victorias K, como, por ejemplo, haber pagado la deuda con el Fondo en dólares contantes y sonantes, hasta el último cobre. Los mismos que condenaban a los intelectuales que se pasaron al menemismo, ahora hacen propaganda K sin que se les mueva un pelo.
Escritores, periodistas, comunicadores, charlatanes, cómicos, músicos, teatristas, profesores, investigadores, locutores, saltimbanquis, animadores, todos hacen su parte para controlar el presente, corregir el pasado y asegurarle al Partido Interior un futuro igual al presente. Aquí nunca hubo deuda externa ilegítima, semejante cosa nunca estuvo en discusión; ya no hay deuda externa. En esta república nunca hubo algo llamado Alianza; todos los males que la clarividencia del Gran Hermano ha enmendado tuvieron su origen, desarrollo y paroxismo en los años 1990. Ningún miembro del Partido Interior jamás militó en las filas de los abominables gobernantes de los años ’90. Los registros se han perdido; mejor dicho, nunca hubo tal cosa. Nadie estuvo allí, excepto unos pocos y putrefactos supervivientes.
En la república K, todos -o la gran mayoría- han logrado esa “interminable serie de victorias” sobre su propia memoria. Los que hace unos años reivindicaban el socialismo y la lucha armada, ya no están; o mejor dicho; sí están, son los mismos pero son otros. Los que cortaban rutas y bramaban contra el capitalismo de ayer y de siempre, han vuelto a sus casas o han estrenado cómodas oficinas o calientan escaños en alguna legislatura. Los que escribían virulentas críticas al orden neo-conservador, ahora se esfuerzan para cantar loas al Partido Interior K y al Gran Hermano. No experimentan contradicción alguna; han aprendido a doblepensar.
Basta echar una mirada a las estadísticas de Ministerio de la Verdad (ex Indec) para comprobar que este presente feliz principia con el triunfo del Partido Interior. Por alguna curiosa razón, que no puede atribuirse a una cuestión de método, la fecha de corte para ilustrar los cambios en el desempleo es mayo del 2003, el momento de la primera (y definitiva victoria). Y el año en que comienzan todas las desgracias es 1990. No hace falta ser un experto para ver cómo se mueve la curva de desempleo en los dos gráficos que nos ofrece el Ministerio Veraz. En el primer gráfico, la línea sube y sube, desde 1990 hasta el 2002 (mayo del 2002). Luego, en el cuadro siguiente, la línea baja y baja, desde mayo del 2003. No hay duda: la felicidad y el desempleo de un dígito es obra del Gran Hermano. (Seguramente, algún renegado -que será reeducado o vaporizado a su debido tiempo- observará que, en rigor, la curva comienza a declinar en el 2002; pero es un detalle sin importancia y pronto también será rectificado).
Hay también un Ministerio del Amor en este Sur alucinante. Como el de Oceanía, el de aquí nomás pincha teléfonos, difama a diestra y especialmente a siniestra, organiza rabiosas sesiones de odio desde el Salón Blanco y palcos prolijamente estudiados, encarcela a los que se atreven a sospechar de la verdad del Partido y a denunciarla, expulsa de sus cátedras a los disidentes, vigila, controla, coopta, castiga. La “Operación Comán”, como le dicen, fue una perfecta combinación de esfuerzos entre el Ministerio de la Verdad y el Ministerio del Amor. Hace unos años, cuando a Scioli le mostraban cuatro dedos, él decía que ahí había cuatro dedos; cómo dudarlo. Ahora, cree -sinceramente- que cuando le muestran cuatro dedos lo que él ve son cinco, y que esta es la pura verdad, porque así lo manda el Gran Hermano.
En la neolengua K, pasado se dice “años ‘90”; presente se dice “nosotros”. Se ha eliminado convenientemente cualquier palabra que aluda al futuro, porque para eso ya está “nosotros”. En neolengua K, capitalismo se dice “normalidad”; “burguesía autóctona” se dice “empresarios nacionales”; “trabajadores” se dice “nuestros gordos”; “corrupción” se dice “asuntos privados”; “ladrillo con guita” se dice “me la prestó mi hermano”; “valija con verdes” se dice “no lo conocemos”; “jamás” se dice “justicia social”; represión se dice “orden”, “violentos” se dice “los otros”; “pensar” se dice “Sí, señor presidente”.
***
Winston no pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo, ya que escribir aquellas palabras no era más peligroso que el acto inicial de abrir un diario; pero, por un instante, estuvo tentado de romper las páginas ya escritas y abandonar su propósito. Sin embargo, no lo hizo, porque sabía que era inútil. El hecho de escribir ABAJO EL GRAN HERMANO o no escribirlo, era completamente igual. Seguir con el diario o renunciar a escribirlo, venía a ser lo mismo. La Policía del Pensamiento lo descubriría de todas maneras. Winston había cometido -seguiría habiendo cometido aunque no hubiera llegado a posar la pluma sobre el papel- el crimen esencial que contenía en sí todos los demás. El crimental (crimen mental), como lo llamaban. El crimental no podía ocultarse durante mucho tiempo… (George Orwell, 1984).
Fernando Lizárraga, 29 de agosto de 2007.

miércoles, 18 de julio de 2007

La obsesión por el traidor (Patología del trotskismo y otras vanguardias afines)

[El artículo que copio a continuación circuló primero por correo electrónico y pocos días después fue publicado en la edición digital del Periódico (8300), el 20 de abril de 2007. Escrito durante las jornadas decisivas de la huelga docente de Neuquén, un par de semanas después del asesinato del compañero Carlos Fuentealba, constituye una pieza que trasciende aquella coyuntura particular. Su autor, Bruno Galli, es profe de Historia, militante del sindicato docente de Neuquén (ATEN) y, como podrán comprobar, un agudo e implacable polemista].
La obsesión por el traidor (Patología del trotskismo y otras vanguardias afines)
Por Bruno Galli
A diferencia de muchos, nosotros no creemos ni en los burócratas ni en los traidores, aunque sí en las brujas. Y que en Aten las hay, las hay. Por eso no da para que en cada lucha tengamos que escuchar 10 acusaciones de traición por segundo, como si el gremio fuese un criadero de vampiros que engordan merced a las escuálidas ubres de las maestras. ¿Qué mal les aqueja a los “compañeros” de los partidos de izquierda y otras agrupaciones? ¿Podrán revisar ciertos prejuicios sin incurrir en pecado de revisionismo? ¿Asumirán una crítica sin vivirla como un trauma similar al que supone una conversión religiosa? No somos optimistas. Con ellos es difícil debatir en serio: discutir, incorporar, refutar, aprendiendo del otro e intercambiando opiniones divergentes sin necesidad de tildar al otro de “reformista” o “forro de la burocracia”. Igual esperamos se inicie una reflexión con el fin de abandonar ciertas prácticas que conspiran contra sus intereses, que en algunos casos son también los nuestros. Pero si ello no fuera posible, y si acaso primase la esterilidad, queda el testimonio de que un sector, compuesto por dos militantes, por lo menos se lo hizo saber.
Tener la conducción de un sindicato puede ser un buen negocio muy rentable. De hecho, la gran parte de ellos son organismos putrefactos, que sólo sirven para enriquecer a sus dirigentes o son usados como trampolín político para algún futuro puesto político que los una. En la mayoría de ellos no hay oradores, ni asambleas, ni distintas listas, ni seccionales de ideologías diversas, ni críticas a la conducción, ni dirigentes que luego de cumplir su mandato vuelvan a laburar. Y ni siquiera se vota un plan de lucha porque rara vez lo hay. Si de casualidad hay paro, lo decreta el dirigente por celular, lo anuncia por los medios de comunicación, lo garantizan sus matones, y al que no le gusta palo y a la bolsa. La huelga se termina cuando el capo mafia arregla con la patronal en cuestión. Y después todos callados a laburar como si nada hubiera pasado. En estos sindicatos la izquierda no suele tener cabida, y si de ojete tiene a un militante infiltrado, éste suele ocultar su filiación política por temor al inmediato despido o las trompadas, más veloces aún que cualquier telegrama.
Si bien es cierto que en Aten se incurre en algunas detestables maniobras (sobre todo a la hora de presentar las mociones y en el recuento de los votos) que éstos y otros eventuales gestos burocráticos existan no nos habilita a hacer extensiva la calificación a todo el gremio ni a su conducción, mucho menos si se los compara con el resto de las burocracias sindicales que hemos descrito más arriba. De hecho no existe organización puramente democrática. Y es por eso que un balance debe ser ecuánime, tomando la totalidad de los elementos y no juzgando jamás en abstracto. Y prueba de en Aten la cosa no es tan grave es el hecho de que buena parte del progresismo y la izquierda vernácula terminen, de una u otra manera, participando allí. Sí, en Aten se puede participar.
Tan es así que podemos enumerar ciertos rasgos que son propios de este sindicato, como su predisposición a la lucha, sus vínculos con organizaciones hermanas, la permanente combatividad de su militancia, su nutrido activismo con recambio generacional, su democracia interna o su constante oposición a los gobiernos de turno. Y a pesar de esas infundadas acusaciones de corporativismo (¿qué gremio no es corporativo?) también es cierto que Aten no se preocupa únicamente por las cuestiones salariales y económicas sino que es un sindicato con marcado carácter político: abarca las cuestiones educativas generales pero también interviene en otros campos (2302, derechos humanos o reforma constitucional, por citar algunos ejemplos).
Pero si es extensa la lista con las virtudes atenienses, hoy sin embargo queremos destacar otra cosa que también define al sindicato, y es que Aten posee una gran base de maestras y profesores que, afiliados o no, se sienten representados por su organización. Y tan representados se sienten que participan en ella, que son la organización. Pues si hay algo que el gobierno, los medios de comunicación y la sociedad neuquina finalmente admitieron es que, en este punto, el gremio docente es distinto a los otros sindicatos burocráticos que pululan por ahí.
Lo entendieron todos, todos menos la izquierda. Y es que la diestra no ve que cuando se habla de ATEN se hace alusión a todos los docentes, o por lo menos a gran parte de ellos. Cuando se oye que ATEN corta las rutas o que ATEN llama al paro se está haciendo mención a los docentes en general. Tan es así que gran parte de la sociedad neuquina repudia a los docentes en su conjunto y no únicamente a sus gremialistas. En el imaginario social son todos los docentes los que son vagos, faltadores, usadores compulsivos de licencias, zurdos y que más encima cobran bien. Y en algunos casos tienen razón. Ladran Sancho, señal que traicionamos
Un fantasma recorre Neuquén, es el fantasma de la traición. ¿A qué se debe esta histeria colectiva que amedrenta a buena parte del activismo neuquino? Varias son las razones. Desmenucemos sólo algunas.
1) En la lógica binaria de la izquierda, todo aquel que no siga la política x del partido revolucionario x está boicoteando, frenando o traicionando la lucha. Esto sucede porque ellos (el partido x) se ven a sí mismos como los únicos que encarnan la verdadera política revolucionaria. Ellos son la revolución. El resto de la sociedad se divide entre dos clases de enemigos: burgueses y burócratas, ambos en constante contubernio para engañar y frenar el empuje emancipatorio de la sociedad. Reza la sentencia: “La sociedad quiere pelear, el tema es que tiene direcciones traidoras que la frenan”.
Y fíjese usted cómo funciona la misma lógica pero en el caso contrario: Cuando efectivamente las bases luchan al ritmo de las conducciones son éstas últimas las que son arrastradas por el deseo irrefrenable de aquellas. Las bases les arrancan el paro a las dirigencias, las obligan a luchar, pero nunca jamás es al contrario, nunca son las dirigencias las que movilizan a las bases, pues admitir ello implicaría aceptar que puedan haber direcciones realmente combativas por fuera de su organización. Y eso, para la izquierda, es inadmisible. Por ello es que siempre piensan que los dirigentes de Aten traicionan a las bases aunque la realidad desmienta tal postulado: en Aten son las direcciones combativas y el gran activismo que se nuclea en torno a ellas las que movilizan al conjunto de los docentes. Rara vez es a la inversa.
Pero no, no hay caso. De hecho, la izquierda tiene preparadas las acusaciones de traición, incluso antes de que aparezcan las traiciones. Es que si hay algo que le sirve a la izquierda ése algo son los traidores. Sin traidores se queda sin razón de ser, desaparece, no puede intervenir políticamente. ¿Por qué? Porque si no hay traidores no hay motivo que explique que las masas no salgan a luchar. Si no hay traidores tampoco hay excusa para que las masas no se sumen a sus partidos. El traidor cumple así una doble función: por un lado los consuela de la efectiva apatía de la sociedad, por el otro, les oculta sus propias impotencias y fracasos ante ella. Por supuesto que en esta lógica jamás cabe pensar que la gente no quiera luchar permanentemente, que no quiera la revolución que ellos quieren y que no los quiere a ellos tampoco. ¿Por qué?
2) Porque en este enfoque simplista y cargado de voluntarismo, la izquierda cree que las bases son natural y ontológicamente revolucionarias. Nacieron para luchar contra el sistema y la burguesía, pero algo se los impide: la burocracia, el estalinismo y los socialdemócratas, en suma, los traidores. Esa es la única razón que explica que una maestra no quiera voltear a Sobisch para imponer las demandas de toda la clase trabajadora. De esta manera, falsean la realidad cuando le adjudican deseos e intenciones políticas a unas bases que no las tienen: los docentes quieren aumento salarial, además quieren voltear a Sobisch, e inconscientemente quieren el socialismo, lo que sucede es que al no saberlo, son las propias conducciones burocráticas las que obturan ese deseo, retrasan la toma de conciencia y frenan cualquier acción tendiente a ese fin.
Jamás verá la izquierda que a veces son las propias bases las que no quieren pelear, o que no quieren ir tan al “fondo”.Y menos podrá entender que amplios sectores del activismo, la militancia o la vanguardia tampoco quieran ir más allá (ese destino que, ellos dicen, objetivamente las circunstancias demandan). Cuando eso sucede, y las bases o el activismo se “frena”, o se cansa, o simplemente no quiere, entonces hay traición o capitulación. Hasta tirar a Sobisch no paramos, y el que no nos sigue nos traiciona.
Pero dadas así las cosas, el reconocer que las bases no son ontológicamente revolucionarias y que la culpa no es exclusiva de las direcciones, implicaría asumir además otra situación profundamente desmoralizante para el militante: conllevaría aceptar que hay razones más profundas que explican esta situación pasiva de la sociedad que no quiere tirar a Sobisch y que éste no es tan débil como parece, y que entonces la solución a ello supone políticas más complejas (quizás a largo plazo) que las simples arengas para luchar en el momento. Admitir esto también conllevaría renegar de esa abstracción típica de la izquierda que dice que el problema de la revolución es puramente subjetivo, o que es, para decirlo en su jerga, la crisis de su dirección revolucionaria. Implicaría, por ejemplo, responderse por qué siempre las bases docentes aceptan “sumisamente” las políticas moderadas de las conducciones o por qué tienen esas conducciones traidoras y no intentan sacárselas de encima siendo que constantemente van en contra de su espíritu de lucha.
O por qué se burocratizan las organizaciones o qué mecanismos genera la sociedad para favorecer y alentar el surgimiento de las burocracias. Concretamente, por qué la sociedad neuquina “tolera” al MPN desde hace más de 40 años. En fin, desterrar ciertos dogmas nos enfrenta al problema de resolver problemas para los que no tenemos respuestas rápidas, y mucho menos acciones.
3) Una cosa más. Para que dejen de tratarnos como boludos no está de más recordar que es esta misma lógica la que subestima la capacidad de reflexión de las bases toda vez que siempre se dejan frenar, engañar y traicionar por los burócratas sindicales que las conducen. ¿Quién quiere gente así, tan sumisa y obediente, que al primer grito o maniobra de un burócrata abandona la lucha y se va a dormir a su casa? Sucede que en el fondo, las organizaciones de izquierda sostienen la misma concepción de las masas que tiene la burguesía: la de que el pueblo es un rebaño de ovejas, y debe seguir siéndolo.
En el sistema capitalista, es rebaño para su propia explotación. En una situación revolucionaria, para su liberación. Pero siempre dirigida, guiada previamente desde afuera, nunca reconociendo que una emancipación debe ser obra de los mismos sometidos. ¿Y esa concepción que subestima a las bases acaso no es el germen de la burocracia? Sí también es burocracia. Paradojas: El fantasma del traidor se alimenta más cuando la política de esos partidos y agrupaciones no tiene aceptación en las bases. Y resulta claro que más fácil es adjudicarle el fracaso a un tercero que asumir la esterilidad de las políticas propias.
4) Otro axioma que atraviesa todas las acusaciones de traición: la asimetría real que existe entre los intereses de un sindicato y los de un partido revolucionario. Llega un momento en donde profundizar la lucha para un gremio significa cosas distintas que para una organización revolucionaria. Los gremios (y sus afiliados) pueden no querer voltear al gobierno e instaurar una asamblea constituyente, sino conseguir mejoras parciales (económicas y políticas). Los gremios, en este sentido, siempre serán vistos por la izquierda como organizaciones reformistas, corporativas, transitorias, limitadas, que quedan truncas a la hora de los bifes.
Pero esto se debe a que la izquierda misma concibe a los sindicatos únicamente como medios para conseguir sus fines superiores, fines que sólo pueden ser verdaderamente alcanzados a través del propio partido. Exacerbado narcisismo. Deseos y objetivos diferentes definitivamente no podrán ser armonizados. Entonces debiéramos reconocer que la izquierda puede luchar mancomunadamente con los sindicatos, pero sólo hasta un cierto punto. Tarde o temprano llegará la inevitable bifurcación: luego el partido será sacralizado arguyendo de que es el único que aspira a la política grande. Así fue escrito, así será. ¿Y por casa cómo andamos?
Dejemos de lado el problema de la propia burocratización de los partidos de izquierda que siempre tienen a los mismos dirigentes y que sus bases acatan la política como si de mandamientos se tratara. Obviemos este detalle y preguntémonos: ¿Por qué la figura del burócrata se troca tan rápidamente por la del traidor? Porque el traidor opera como el referente negativo que todo militante de izquierda requiere para su conformación como tal. A la izquierda le urge la figura del traidor incluso más que la del chancho burgués. En el traidor se depositan los odios y la causa de todos los fracasos. Él es el responsable de todos los males. Y esta imperiosa presencia se evidencia en el hecho de que resulte tan caro hablar de esto con los compañeros, justamente porque repensar la figura del burócrata o del traidor hace entrar en crisis toda una construcción (intelectual y emotiva) que buena parte de la militancia sostiene férreamente. El traidor es el combustible que nos permite seguir actuando, y a la vez oficia como un velo que oculta nuestra impotencia.
Así, es Aten (traidor y burócrata) el que no quiso tirar a Sobisch, y para nada se interpela por la responsabilidad de la sociedad entera, que nuevamente ocupará el sitio de engañada y frenada en sus deseos, siempre revolucionaria por naturaleza, pero nuevamente traicionada. “¡Ahí está Aten, nuevamente traicionando, negociando con la sangre del compañero!” Con argumentos morales y emotivos, la izquierda hace lo que ni el propio gobierno se atrevió a hacer: Cargar el muerto sobre la espalda del sindicato. La lógica del traidor sigue vigente. Y por supuesto que la traición y los traidores ya habían sido denunciados previamente. Y esa suprema claridad sirve como argumento adicional para sumar militantes. “¡Viste que era verdad que había traidores! ¡Ya te lo habíamos avisado y vos no me querías creer!” Desde el principio habían estado esperando que la burocracia asomara, cuando por fin aparece y una vez que la ven actuando, entre la bronca y el regocijo, se preparan para el gran momento: se confirman los pronósticos, ha llegado el momento del combate, para eso estuvimos preparándonos, es hora de salir a diferenciarnos y jugar el rol histórico para el que hemos sido llamados. Esos son los momentos críticos en los que peligra el sindicato. Mire cómo son las cosas. Tan entusiasmados estaban con la huelga general y tanto odian a la burocracia de ATEN, sin embargo durante esta larga huelga a ninguno de ellos se les ocurrió probar con un sencillo experimento: ir a volantear a las petroleras, a los taxistas, a las obras en construcción, a los empleados de comercio, a los barrios del Oeste. Pero volantear en serio, quedándose a charlar, insistiendo, explicando pacientemente a los trabajadores que había que echar a Sobisch para imponer nuestras demandas, y todo eso.
Si la dirigencia de Aten no quería hacerlo, tendrían que haber sido ellos los encargados de hacer el llamamiento popular a la insurrección. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Qué hubiera sucedido? Nada. O mucho. Primero habrían conocido a la verdadera burocracia sindical, y en más de algún lugar los hubieran corrido a patadas. Segundo, habrían corroborado la apatía del movimiento obrero, y habrían tomado conciencia de que las masas no querían tirar a Sobisch, que muchos trabajadores cobran un buen salario y que con eso les alcanza. Y por último, como frutilla del postre, se habrían desayunado que buena parte de la gente tampoco simpatiza con la causa docente.
Resumen: Habrían cotejado lo lejos que está la población de algo así como una huelga general o una pueblada, certificando la eficacia del neoliberalismo y de 40 años de MPN, de redes de punteros y subsidios, medios de comunicación, etc., etc. ¿Será por todo esto que no fueron? ¿Será por eso que prefieren descargar sus impotencias sobre la “burocracia” de Aten?
La Gallina de los ovarios de oro
Lamentablemente este discurso de la burocracia y los traidores ha prendido en buena parte de la militancia y de los docentes en general. Incluso en los compañeros de la llamada “base”. Este discurso lleva inevitablemente al debilitamiento del gremio. Y uno les dice a los compañeros que un gremio débil y dividido no le conviene a nadie. Pero últimamente también hay que poner en duda eso. Y es que justamente por esta misma lógica sectaria, narcisista y antidemocrática, a la izquierda, a veces, le resulta indiferente el resultado final de un conflicto, o que el gremio docente reviente en mil pedazos. Siempre que a cambio de esto integren unos cuantos militantes a sus filas, grupo al cual ya habrán santificado con el rótulo de lo mejor de la vanguardia docente. A pesar de una derrota y un gremio desmovilizado, desde esta óptica, si lo mejor de la vanguardia se integra al partido, resulta de ello que el proceso revolucionario general habrá sido positivo, ya que ellos son y serán el motor del proceso revolucionario. Importa poco que sea a costas de fracasos, rupturas, desmovilización o bolsillos vacíos. Lo importante es el partido.
Pero para nosotros, que también somos militantes, el resultado de este conflicto no nos es indiferente. A nosotros sí nos sale caro que ellos crean que son la encarnación viviente de la emancipación de toda la especie, un anticipo de ella, su fuerza motora y los portavoces de un destino necesario. A nosotros sí nos sale caro, y tenemos que evitarlo a toda costa. Porque nosotros sí sabemos del rol absolutamente progresivo que juegan los gremios como Aten, que a pesar de no ser “revolucionarios” no por ello son burocráticos. Para nosotros Aten no es la fuente de todos los males ni el segundo enemigo después del enemigo.
Tenemos entonces que reflexionar. Porque la izquierda no valora en su justa medida el gremio docente neuquino. No ve que es uno de los sectores más combativos del país, que es vanguardia de luchas políticas, económicas e ideológicas. Que fomenta la conciencia de clase en sus afiliados, que también es un gremio de izquierda, pero sumamente vital, en donde conviven distintas tendencias y que es gracias a las luchas docentes que la izquierda alcanza un mínimo protagonismo. Y por supuesto, también pensar que si acaso el gremio tiene estos rasgos algo también se deberá a sus conducciones “traidoras” y “reformistas”.
Aten es uno de los núcleos de la lucha neuquina y fue vanguardia política en infinidad de oportunidades. Durante mucho tiempo fue un oasis en el desierto neoliberal. Su aporte a la cultura de la izquierda argentina todavía no ha sido estudiado en profundidad. Poco falta para que sea valorado en su justa medida. Pero la ceguera y el narcisismo, las frustraciones trasladadas en el otro y el sectarismo patológico de algunos pueden llegar a generar un efecto contrario al buscado.
Por arrogarse el monopolio de la lucha, quizás el peor mal que pueda cometer la izquierda es constituirse en un freno para ésta. De seguir así terminará dilapidando una gran fuente de riquezas, de la que ni siquiera tiene noción. Si seguimos por este camino ya de nada servirán que en un futuro no muy lejano se oigan, como quejidos melancólicos, las tardías autocríticas de quienes juran y perjuran que no eran concientes de estar asesinando a la gallina de los huevos de oro.

domingo, 15 de julio de 2007

Patagónicos y lombrosianos*

Adolfo Torres andaba masticando bronca. Después de tomar unas copas de caña, dio un hondo suspiro y salió a caminar sin rumbo. En una de las desiertas calles del pueblo vio a un jinete; era el hijo del hombre que tiempo atrás le había dado a Torres una paliza feroz. Se acercó y le pidió que lo llevara en ancas. El jinete fingió no haberlo oído, y siguió su camino tranquilamente, al paso. Torres le ofreció un cigarrillo. El jinete miró para otro lado. Un poco más adelante, la cincha del caballo se aflojó. El jinete desmontó para acomodar el recado. Torres, que lo seguía a pocos metros, apuró el paso mientras sentía un incontenible deseo de matar. Sacó un cuchillo que llevaba en la cintura, tomó al jinete por los cabellos, y le atravesó la garganta. Cuando vio que estaba bien muerto se alejó caminando, sosegado como la siesta. Tiró el puñal en la calle y se fue a la casa de unos conocidos. Al día siguiente les contó lo que había hecho. Luego lo arrestaron.
Corría el año 1905, en Neuquén. Apenas unos meses atrás, la ciudad había sido ungida como capital territorial. Joaquín V. González, por entonces ministro del Interior, había asistido a los actos y al pic-nic fundacional. Su presencia no sólo había insuflado aires de fiesta, sino también un soplo de positivismo nacional. La nueva capital era apenas un caserío muerto de frío, inerme frente al viento del desierto. Recluido en algún calabozo de la temible policía territorial, Torres quedó a merced del juez Patricio Pardo, quien de inmediato ordenó una pericia psiquiátrica. La tarea fue encomendada al médico Julio Pelagatti, experto en controlar la sanidad de las "chicas" de las casas de tolerancia, y a Eduardo Talero, emigrado colombiano, abogado, político y poeta1. Este último, desde 1903, era nada menos que el secretario de la Gobernación del Territorio. Años más tarde, durante su gestión como Jefe de Policía, tendría lugar la matanza de Zainuco, crimen perpetrado por una partida policial contra un grupo de presos evadidos de la cárcel de Neuquén.
Talero y Pelagatti pusieron manos a la obra. Midieron puntillosamente el cuerpo de Torres, calcularon su resistencia al frío, al calor, a los olores y al dolor. Lo interrogaron una y mil veces sobre las razones del crimen. El 26 de marzo enviaron al juez un estudio de 14 fojas, escrito de puño y letra por Pelagatti. Concluían:
"De todos los fenómenos que hemos estudiado detenidamente, opinamos que Adolfo Torres no es consciente del crimen que ha cometido, pues no tiene exacta noción del acto delictuoso, y que más bien que estar recluido en una cárcel, se debería alojar en un manicomio criminal, donde solamente podrá aprender algún oficio, pero nunca será susceptible de una cura regeneradora, pues ciertos sentimientos que son patrimonio de un cerebro bien evolucionado jamás se desperatarán en su masa encefálica que no pudo alcanzar todo su completo desarrollo. En resumen: la forma morbosa que afecta a este fenómeno de la raza humana que se llama Adolfo Torres, en nuestro concepto, se debe considerar como una de las más peligrosas para la sociedad, que por causas las más insignificantes puede ser gravemente dañada por los actos inconscientemente delictuosos a que con suma facilidad tiende un hombre cuyo sentido moral es profundamente pervertido".
Mucha tinta ha corrido sobre los alcances del positivismo argentino en su vertiente biologicista. Sin embargo, no deja de sorprender que en los confines del desierto patagónico, en un pueblo con aspecto y alma de Far West, rodeado de dunas inquietas y ríos ciclotímicos, las doctrinas de Cesare Lombroso y la Recapitulación de Ernst Haeckel hayan tenido tan buena y oficial acogida. Pelagatti y Talero estaban impregnados hasta los huesos por el clima intelectual de la Argentina de comienzos de siglo. El optimismo de los positivistas de la Generación del ‘80 estaba en retirada. Una sombra de escepticismo y temor a los conflictos sociales dominaba las conversaciones de la oligarquía criolla que leía con fruición la urticante prosa de Anatole France. Eran tiempos en que José Ingenieros y José Ramos Mejía se reunían para almorzar y discutir sobre criminología en el Instituto Frenopático de Buenos Aires. Eran tiempos en que Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista, podía lanzar una definición que revelaba su vulgar concepción del materialismo histórico: "Una fuerza primordial domina la historia: la tendencia al crecimiento indefinido del protoplasma"2 decía sin ruborizarse el creador de La Vanguardia, que nunca devino en vanguardia.
Pero mal podría decirse que el positivismo estaba muerto, sólo se había metamorfoseado. "No se crea que el espíritu del Centenario constituyó una corriente esencialmente contradictoria con respecto a las que predominaban hasta entonces" dice José Luis Romero. "Por el contrario -añade este historiador- las continuó en lo fundamental, pero vigilándolas severamente en sus deformaciones posibles y en sus vertientes peligrosas, bajo la impresión de los clamores que comenzaron a escucharse en 1889 y que volvieron a oírse una y otra vez en los años siguientes".3 Los dueños de la Argentina de principios del siglo XX se estremecían ante las crecientes protestas sociales, lideradas por inmigrantes europeos socialistas y anarquistas. Las políticas inmigratorias implementadas desde mediados del siglo anterior estaban causando perturbaciones en el cosmos liberal. La fantasmagoría del progreso sin fin comenzaba a diluirse lentamente y empezaban a oírse algunos inquietantes desvaríos nacionalistas.
Adolfo Torres, el matador del jinete neuquino, quedó en manos de dos claros exponentes del espíritu del Centenario. Pelagatti y Talero desplegaron toda su ciencia y determinaron que Torres no era responsable de sus actos. Era un criminal, sin duda, pero su culpa estaba exenta de responsabilidad. Es que solamente un ser humano dotado de todas sus facultades puede ser tenido como penalmente responsable de sus actos. Torres, en cambio, era un ejemplar anómalo, degenerado, más parecido a las bestias que a los hombres normales. La pericia psiquiátrica era contundente:

"El individuo que nos ocupa en el sentido antropológico criminal pertenece a una raza esparcida en la actual sociedad civilizada, semejante por sus caracteres somáticos y psíquicos a las razas inferiores actuales. Además encontramos en el criminal que estudiamos, no solamente algunos caracteres orgánicos y psíquicos que lo asemejan al salvaje, sino anomalías morfológicas y psíquicas también que no son humanas, que más bien son características de otros animales. Este hecho demuestra que el criminal casi siempre es un degenerado sea por degeneración atávica, por degeneración primitiva (detención del desarrollo) sea por degeneración adquirida en el curso de la vida" [...] Y puesto que el hombre tiende a regresar al filos primitivo del que por la ley natural de la evolución había salido para alcanzar a través de muchos siglos el grado presente de desarrollo y civilización, brota de este hecho la convicción de los antropólogos de que en cada caso de criminalidad tenemos que tratar a otras tantas formas morbosas cuya etiología, caracteres y morfología tenemos que buscar para establecer si son o no susceptibles de cura pues de ésta depende la suerte de estos seres desgraciados y la seguridad de la sociedad".

Antes de que el Iluminismo regara Europa con su lluvia de razones universales y abstractas, sólo había una forma de escapar de los tormentos judiciales: el reo debía ser catalogado como un monstruo o como un sujeto poseído por el "furor". Los crímenes contra natura eran, por lo general, inmunes al largo brazo de la ley. La idea del criminal monstruoso se filtraba de algún modo en el argumento de los peritos neuquinos. Sin embargo, el instrumental teórico al que apelaban era mucho más moderno. En el fragmento recién citado, se observa una versión casi calcada de las tesis epigenetistas que servían de base a la Ley Biogenética de Haeckel (la ontogenia recapitula la filogenia). Torres no había alcanzado el grado máximo de humanidad puesto que su desarrollo había quedado detenido en algún punto animalesco de la secuencia filogenética. O peor aún, este criminal había desandado el camino hacia formas ancestrales. Las fuerzas formativas que -según se creía entonces-, determinaban el progreso del embrión habían fallado y la resultante era este espécimen subnormal y peligroso.

El positivismo del siglo XIX, atravesado por una fuerte corriente biologicista, repudiaba las siempre dudosas explicaciones teológicas y metafísicas, y se proponía administrar las cosas humanas según los dictados de las inmutables leyes de la naturaleza. Fue dentro de este campo teórico que el italiano Cesare Lombroso fundó la escuela de Antropología Criminal. Según Gould4, sería injusto simplificar la teoría lombrosiana reduciéndola a un invariable conjunto de postulados, ya que sus estudios sufrieron cambios a lo largo de los años. Pero lo que no varió fue su convicción de que los caracteres físicos y somáticos de ciertos adultos indicaban una irreversible propensión al crimen. Dichos caracteres eran estigmas morfológicos, a veces hereditarios, a veces atávicos, que configuraban una inequívoca antropometría criminal. Las medidas del cuerpo determinaban las medidas morales del alma. El criminal era anterior al crimen.
Las tesis de Lombroso aparecieron publicadas por primera vez en L’Uomo Delinquente (1876) aunque resulta de especial interés el fuerte talante haeckeliano que la teoría experimentó en la edición de 1887. Dice Stephen J. Gould: "En un momento los argumentos de Lombroso toman un giro filético. Los estigmas del criminal nato no son marcas anómalas de enfermedad o desorden hereditario: son los aspectos atávicos de un pasado evolutivo. El criminal nato persigue sus modos destructivos porque es, literalmente, un salvaje entre nosotros y [...] lleva los signos morfológicos de sus pasado simiesco"5. Según Gould, para Lombroso sólo el 40 por ciento de los criminales tenían las marcas antropométricas que los predisponían al delito; los demás llegaban al crimen por razones externas como la furia, el alcoholismo o la indigencia. Pero el destino era inexorable para quienes portaban rasgos criminales en sus cuerpos. "La ética teórica pasa por estos cerebros enfermos como el aceite sobre el mármol, sin penetrarlo"6 decía Lombroso.
Convencido de que los caracteres animalescos o salvajes de los criminales eran producto de un estacionamiento ontogenético, Lombroso podía distinguir a un delincuente nato sobre la base de las siguientes marcas físicas: brazos relativamente largos, pie prensil con dedo gordo móvil, frente baja y estrecha, orejas grandes, cráneo grueso, prognato en una gran mandíbula, pelo copioso en el pecho del macho, y piel oscura. Además, los criminales por naturaleza exhibían muy poca sensibilidad ante el dolor físico y, al igual que los salvajes, no se ruborizaban, fenómeno éste que era descripto como "ausencia de reacción vascular". A estos trazos atávicos, que delataban un retorno hacia el nivel de los monos, se añadían a otras cualidades propias de ancestros aún más antiguos: grandes caninos y un paladar chato revelaban una lejana prosapia mamífera; la foseta occipital se asemejaba a la de los roedores o –lo que es lo mismo- a la de un feto humano de tres meses7. El científico italiano también sostenía que los niños eran delincuentes en miniatura, como consecuencia de resurgimientos atávicos. En el perfil psicológico de los pequeños Lombroso advertía rasgos tales como "enojo, venganza, celos, mentira, falta del sentido moral, falta de afectos, crueldad, pereza, uso de slang, vanidad, alcoholismo, predisposición a la obscenidad, imitación y falta de previdencia"8.
Talero y Pelagatti fueron aventajados discípulos de la escuela de Antropología Criminal italiana. Su admiración por Lombroso parecía no tener límite. Pensaban que el italiano era "el más ferviente apóstol de la antropología criminal". La teoría del apóstol merecía, entonces, ser examinada con sumo cuidado. Según los peritos territoriales, Lombroso había distinguido dos tipos de criminales: los que son tales por defectos orgánicos, congénitos o adquiridos, y los que delinquen por causas externas. Los epilépticos, los locos morales, los pervertidos, los idiotas, los imbéciles, los psicópatas congénitos y los criminales instintivos, todos ellos tenían cabida en la categoría de delincuentes natos o criminales instintivos, ya que sufrían todas estas formas patológicas degenerativas. "Estas diferentes agrupaciones son caracterizadas por fenómenos antropológicos, somáticos, fisiológicos y psíquicos, particulares y predominantes en cada grupo" sostenían. El sambenito lombrosiano le cabía perfectamente al desdichado objeto de sus experimentos.
Adolfo Torres era chileno y había vivido largo tiempo cautivo de los indígenas, cuya lengua hablaba a la perfección. No conocía empleo fijo, sino que se conchababa para tareas rurales. Tenía 19 años, pesaba 64,5 kilos y medía 1,65 metros de altura. Según el informe pericial, era "de buena constitución física y temperamento nervioso". Su piel era "consistente", sus "cabellos rubios oscuros y abundantes". Tenía "pelos escasos en la cara, en la eminencia púbica, en los testículos y otras partes del cuerpo. Exhibía "arrugas fronto-horizontales en todo el largo de la frente, una sobreciliar derecha con dirección irregular; patas de gallo a los dos lados". Su índice cefálico alcanzaba los 104 milímetros. El escrito de los peritos abunda en cifras. Sólo algunos datos, como el ángulo facial, no aparecen ya que, según explicaban Talero y Pelagatti, carecían de "ganiómetro y de doble escuadra".
Sin embargo, tuvieron suficientes instrumentos para determinar las "anomalías cránicas y fisionomónicas", a saber: "microcefalia, cracocefalia, occicefalia, cráneo asimétrico con convexidad en la región temporoparietal derecha, región temporoparietal izquierda plana; asimetría facial: mitad de derecha de la cara más convexa que la mitad izquierda; prognatismo de la mandíbula; frente aplastada no muy saliente; senos frontales bastante evidentes; aplastamiento del occípite no muy pronunciado, frente baja, ceja derecha más alta que la izquierda; mandíbula bastante desarrollada; apófisis lemurianas desarrolladas; mandíbula fetal". Aunque no pudieron hacer el examen oftalmoscópico de rigor, porque –otra vez- no tenían aparatos adecuados, los peritos neuquinos destacaron que los ojos grises de Torres tenían una gran movilidad y una visión poderosísima. Los dientes del muchacho chileno les llamaron la atención porque los caninos inferiores eran "más desarrollados que los superiores" y porque "la dirección de los incisivos [era] algo oblicua externa, con ausencia de los incisivos laterales". Torres era zurdo, y aunque no tuvo hijos no era onanista, añadían los investigadores. Como puede advertirse, los peritos observaron aspectos que les permitían asociar a Torres con un homínido primitivo (mandíbula grande, prognatismo, frente huidiza, caninos inferiores muy desarrollados), pruebas categóricas de una interrupción en el impulso embrionario y evidencia no menos irrefutable de su propensión al delito.
La pobreza del gabinete criminalístico neuquino jugó en algunos casos a favor de Torres: no había aparatos adecuados para ensayar su "reacción al estímulo mecánico, térmico [y] eléctrico". Pero sí se pudo determinar su "reacción pupilar poco desarrollada al estímulo luminoso, cutáneo, táctil, dolorífico". Nada dice el informe sobre el método utilizado para testear la reacción al dolor, pero no es difícil imaginar hasta qué punto habrán llegado para dictaminar que el reo era casi analgésico. El muchacho no exhibía parálisis ni paresis, pero sufría frecuentes espasmos tónicos y clónicos, contracturas, los temblores". De tanto en tanto, se sentía "empujado por la necesidad de caminar sin rumbo precedida por una especie de vahído". Así, hechas éstas y otras mediciones, los autores del informe pasaban a interpretar los resultados. Decían:
"[A]ntes de pronunciarnos sobre la naturaleza de la forma especial de delincuencia que nos ocupa tendremos que detenernos primero sobre el examen somático, segundo sobre el examen fisiológico, tercero, sobre el examen psicológico, pues como es científicamente reconocido las actividades mentales son la expresión más compleja de todas las funciones orgánicas, y por último sobre la anamnesis de la familia por noticias que nos ha podido dar el sujeto estudiado y la del mismo criminal, siguiéndolo por el ambiente en que ha crecido, factores éstos indispensables para formular un diagnóstico concienzudo y seguro. Si es innegable que la mayoría de los delincuentes revelan caracteres somáticos especiales, casi siempre de carácter degenerativo, es también cierto que algunos de ellos no demuestran todas aquellas notas antropológicas que los revelan, a primer aspecto, perteneciendo a la familia delincuente. Tal es el caso que estudiamos en que algunos caracteres antropológicos faltan, mientras que abundan otros que son de especial característica".
Como se vio, muchos de los caracteres antopométricos de Torres coincidían perfectamente con la tipología criminal propuesta por Lombroso. Pero, con cautela, los peritos territoriales advertían que sólo con esto no bastaba. Los factores externos, es decir, su historia familiar y su ambiente, también debían ser tenidos en cuenta a la hora de realizar un dictamen concluyente. Al trazar el perfil psicológico del reo, el dúo patagónico afirmaba que el muchacho era altanero pero a veces inexpresivo; que no tenía alucinaciones; que su memoria estaba poco desarrollada; que no deliraba, pero tenía amnesias de vez en cuando. Lo describían como un individuo de humor variable, que alternaba momentos de alegría con momentos de melancolía. Para determinar si era responsable de sus actos, debían escudriñar en los sentimientos morales de Torres, y en tal sentido anotaban:
"Estando triste piensa en su crimen y a veces se arrepiente porque dice en la reclusión ha sido abandonado por todos, no hallando quién le alcance una copa de agua o un cigarrillo. Los sentimientos afectivos son muy escasos, desearía tener mujer pero nunca casarse. Aunque pertenezca a una familia religiosa, él se ha olvidado de todas las prácticas que en la niñez le habían enseñado, no tiene sentimiento moral al punto que confiesa que, si hallara un objeto, dinero o animales ajenos, no tendría escrúpulos en robárselos, con tal de estar seguro que nadie lo hubise visto. Siente remordimiento de lo que ha cometido solamente porque ha perdido su libertad. Queda impasible si se le dice que su pena durará toda la vida. El grado de instrucción es casi nulo. Estando en la cárcel se ha dedicado a aprender la lectura. Sabe firmar con la mano izquierda. La conducta en el establecimiento no es mala pero siempre demostró tener horror al trabajo. No tuvo nunca ideas de suicidio".
La falta de remordimiento constituía un dato clave. No era "normal" que alguien no sintiese al menos un poco de contrición después de haber matado a sangre fría. Los peritos patagónicos comenzaron a pensar que estaban frente a un caso de locura moral. Además, estaba probado que el ambiente había sido poco propicio para que Torres desarrollara algún apego a las normas morales. "No pudimos conocer nada acerca de la herencia directa y atávica" decían, no sin antes calificar como casi nulas las condiciones de civilización del homicida. La única norma de Torres era la libertad, algo decisivamente peligroso.
El dictamen final se hacía esperar. Yendo tal vez más allá de lo que el juez les pedía, Talero y Pelagatti se detuvieron a fundamentar su opción teórica. Discurrieron largamente, con notable erudición, sobre varias corrientes de la ciencia criminalística, sobre todo italianas y francesas. Cabe peguntarse, en este punto, por qué se afanaron por describir y analizar con tanto detalle el cuerpo y la mente de Torres, cuando les hubiese bastado con conocer sólo el crimen para aplicar el castigo. El nudo de la cuestión radicaba en la moderna e influyente noción de "individuo peligroso", etiqueta que sin más vueltas los peritos neuquinos le estamparon el reo.
Según Michel Foucault, hacia el siglo XVIII, el derecho civil y el derecho canónico ya contemplaban situaciones asociadas a la locura, la imbecilidad o la furia. Pero tiempo después, los juristas se enfrentaron con crímenes aberrantes, contra natura y sin razón aparente, los cuales hicieron tambalear el andamiaje legal. Los criminales no mostraban ningún síntoma de locura; eran casos en que el crimen surgía, en palabras de Foucault, desde "un grado cero de locura" 9. Sobre la base de esta creciente casuística fue modelándose una explicación que tendría su hora de apogeo en el siglo XIX y que los peritos patagónicos no desconocían: la monomanía homicida. Se trataba de "una alienación que tendría como único síntoma el crimen mismo". "Lo que la psiquiatría del siglo XIX inventó -explica Foucault- es esa identidad absolutamente ficticia de un crimen-locura, de un crimen que es todo él locura, de una locura que no es otra cosa que crimen. Tal es en suma lo que durante más de un siglo ha sido denominado, monomanía homicida"10. Andando los años, se acentuó la tendencia a "psiquiatrizar" el aparato jurídico. Los médicos se convirtieron en especialistas en el móvil del crimen y empezaron a tratar al cuerpo social como un organismo vivo. En este contexto surgió otra teoría que también fue considerada por Pelagatti y Talero: el alienismo. Los alienistas sostenían que la locura estaba ligada "a condiciones malsanas de existencia (superpoblación, promiscuidad, vida urbana, alcoholismo, desenfreno) y era percibida como fuente de peligros, para uno mismo, para los demás, para el entorno y también para la descendencia por mediación de la herencia".
A la monomanía y la alienación, debe añadirse aún otra corriente criminológica que fue usada para analizar el caso de Adolfo Torres: la degeneración. Siempre según Foucault , hacia el último tercio del siglo XIX, la noción de monomanía comenzó a ser abandonada. Por un lado, la ciencia psiquiátrica admitió que ciertas enfermedades mentales podían afectar los instintos, los afectos y el comportamiento, dejando intactas las funciones del pensamiento. "Pero la monomanía -asegura Foucault- fue abandonada también por otra razón distinta: por la visión según la cual las enfermedades mentales evolucionan de forma compleja y polimorfa y pueden presentar en determinado estadio de su desarrollo síntomas específicos, y esto no solamente a escala individual sino también generacional: tal fue la teoría de la degeneración"11. Talero y Pelagatti no vacilaron en calificar a Torres como un degenerado, y para ello se valieron de los conceptos que les ofrecía la Ley Biogenética de Haeckel, que les llegaba a través de Lombroso.
Finalmente, tras revisar unas cuantas teorías sobre la locura moral, pero siempre sobre la base de los postulados lombrosianos que identifican la locura moral con la criminalidad congénita, Talero y Pelagatti dictaminaban:
"En el caso que estudiamos no dudamos que se trata de un individuo con profundo pervertimiento del sentido moral lo que deducimos del examen somático, fisiológico y psíquico que expusimos. En efecto, este loco moral tiene muchos caracteres que lo acercan al delincuente nato y al epiléptico [...] Adolfo Torres no tiene desarrollada la noción de lo que es acción honrada y delictuosa, de lo justo y de lo injusto, de los deberes que tiene que cumplir y de los derechos que le pertenecen en la sociedad. Esta noción no ha sido capaz de adquirirla, sea por falta de educación, sea por incompleta organización cerebral que sin duda es de nacimiento por haber quedado su masa encefálica detenida en el desarrollo de su primera edad".
He aquí, otra vez, la Ley Biogenética de Haeckel: el cerebro de Torres había experimentado un detenimiento en su desarrollo, estacionándose en algún escalón inferior de la secuencia filética. Pero esta explicación no era suficiente para comprender la súbita aparición de la locura en un sujeto que no había dado señales de estar enfermo a pesar de que sus medidas lo tipificaban como delincuente. Algo estaba faltando para completar el cuadro. Lo que faltaba era la causa inmediata del arrebato de locura que lo convirtió en homicida. Talero y Pelagatti no se amedrentaron y echaron mano de la noción de "sacudida moral o transtorno" físico profundo que proponía Mandsley. Según los peritos, fueron sus largos años de cautiverio entre los indígenas los que, a la postre, actuaron como catalizador de la locura criminal de Torres. Por si acaso, añadían que una epilepsia hereditaria y el alcoholismo de padres o abuelos también podrían haber tenido algo que ver en el arrebato demencial del acusado. ¿Era culpable de su crimen Adolfo Torres?. Sí; pero no podía hallárselo penalmente responsable. Sus taras morales derivaban de una falla en el desarrollo ontogenético, y así lo atestiguaban sus caracteres físicos. El reo debía ser recluido en un manicomio. Era un individuo peligroso, esencialmente pervertido de su sentido moral, una amenaza para la sociedad. Pero no podía castigárselo. Modernos, al fin, los peritos neuquinos tenían -en este caso- razones suficientes para recomendar un poco de clemencia.
José Ingenieros, uno de los fundadores de la antropología criminal argentina solía comentar la siguiente anécdota autobiográfica. En el año 1900, cuando estrenaba su título de médico, un presunto criminal le pidió que actuara como perito de parte, con la esperanza de que obtendría un informe capaz de asegurarle una absolución. Ingenieros consultó a Ramos Mejía, quien le respondió: "No se meta en porquerías". Siguiendo esta admonición, jamás actuó como perito de los acusados. Talero y Pelagatti podrían haber adoptado la misma conducta prescindente, pero aceptaron el trabajo y recomendaron la internación de Torres, remedio que se les antojaba más piadoso que una cárcel.
Unas cuatro décadas más tarde, la justicia francesa en la Argelia ocupada no tendrá la misma misericordia con Meursault, el impasible asesino de El Extranjero, de Albert Camus. "¿Acaso ha demostrado por lo menos arrepentimiento? Jamás, señores. Ni una sola vez en el curso de la instrucción este hombre ha parecido conmovido por su abominable crimen" bramaba el fiscal. "Decía que en realidad yo no tenía alma en absoluto que no me era accesible ni lo humano, ni uno solo de los principios morales que custodian el corazón de los hombres" se explicaba Meursault. "Sin duda- agregaba el acusador- no podríamos reprochárselo. No podemos quejarnos de que le falte aquello que no es capaz de adquirir"12. Meursault fue condenado a la guillotina.
Referencias * Texto publicado en Lizárraga, Fernando y Salgado, Leonardo (2006) Las Vacas de Míster Darwin y otros ensayos (Publifadecs: General Roca, Río Negro), capítulo 6. Una primera versión de este artículo apareció en la revista Ciencia Hoy, Volumen 10, Nro. 59, Octubre-Noviembre de 2000, pp. 52-57. 1 El texto analizado corresponde a la pericia psiquíatrica firmada por Julio Pelagatti y Eduardo Talero, el 26 de marzo de 1905, en Neuquén. El documento original ha sido rescatado de los Archivos de la Justicia Territorial, por el Grupo de Estudios en Historia Social de la Universidad Nacional del Comahue (Gehiso). 2 Romero, José Luis (1987) Las ideas en la Argentina del siglo XX, Ediciones Nuevo País, Buenos Aires, p.77-78 3 Idem, p. 56. Gould, Stephen J. (1977) Ontogeny and Phylogeny, The Blelknap Press of Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts-London, England, pp. 120-125. 4 5 Gould, Stephen J., op.cit., p.120. 6 En Gould Stephen J., op.cit., p.122. 7 Gould, Stephen J., op.cit., p. 123. Idem, p. 125. 8 9 Foucault, Michel (1993) La vida de los hombres infames. Ensayos sobre desviación y dominación, Editorial Altamira-Nordan Comunidad, Montevideo, Uruguay, p. 236 10 Idem, p. 239. 11 Foucault, M., op. cit., p. 251. 12 Camus, Albert (1996) [1949] El extranjero, Emecé, Buenos Aires, p. 128.