Mostrando entradas con la etiqueta Textos favoritos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Textos favoritos. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de julio de 2012

LOS JUSTOS

Reitero este post, agradecido.



Thomas (1987), de Robert Mapplethorpe.


Aunque sea recontra conocido, es uno de mis poemas favoritos:

Los Justos
de J.L. Borges (La Cifra, 1981)

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Meditaciones en una emergencia


Otro de O'Hara, después de un receso forzado por la gripe y fallas en la recaptación de serotonina. Para leer el poema, hagan click sobre la imagen, plis.

lunes, 5 de enero de 2009

Una parábola kafkiana


Las Sirenas

Estas son las seductoras voces de la noche; también las Sirenas cantaban así. Sería injusto pensar que querían seducir; sabían que tenían garras y vientres estériles, y lo lamentaban a los gritos. No podían evitar que sus lamentos sonaran tan hermosos.

Franz Kafka

[Traducido al inglés por Joyce Carol Oates; al español por F.L.]

lunes, 25 de agosto de 2008

The love interest

Dejo a O'Hara tranquilo por un rato. Ahora le toca a John Ashbery, otro poeta de la denominada Escuela de Nueva York. Hay otras traducciones de este poema, pero el título que le pusieron, La historia de amor, no me convence. Prefiero dejarlo así, en inglés. Como siempre, mi versión es antojadiza.
The love interest
Por John Ashbery (1927-)
Pudimos verlo llegar desde siempre,
después simplemente estuvo aquí, paralelo
al paso del día. Para entonces éramos nosotros
los que habíamos desaparecido, en el túnel de un libro.
***
Levantándonos de madrugada, nos unimos
al flujo de las noticias de mañana. ¿Por qué no? A diferencia
de otros, no tenemos nada que pedir
ni tomar prestado. Sólo somos piezas de una sólida geometría
***
cilindros o romboides. Cierta satisfacción
se nos ha dado. Por cierto, seguimos volviendo
por más -esto es parte del aspecto “humano”
del espectáculo. Y hay regiones más oscuras
***
apenas esbozadas, que alguna vez deberíamos explorar.
Por ahora, alcanza con que este día haya terminado.
Trajo su carga de frescura, la dejó caer
y se fue. Y nosotros, todavía aquí, ¿o no?

viernes, 28 de marzo de 2008

Las Palabras

Por Julio Cortázar

Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y enferman los hombres y los caballos. Hay palabras que, a fuerza de ser repetidas y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad.

En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados.

Sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuáles son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social o democracia, entre otras muchas.

Ahí estan otra vez porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva, sin la cual nuestra vida, tal como la entendemos, no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando. Pero en algunos de nosostros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma, que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre un sentimiento de inquietud, un temor que sería fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se le siente con la fuerza y la angustia con las que a mí me ocurre siempre.

Una vez más, como en las reuniones, tantos coloquios, mesas redondas, tribunales y tantas comisiones, surgen entre todos nosotros palabras cuya necesaria repetición es una prueba más de su importancia.

Pero, a la vez, se diría que esa reiteración las está limando, desgastando, apagando. Digo libertad, digo democracia y, de pronto, siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, o en un cliché sobre el cual todo el mundo está de acuerdo, porque esa es la naturaleza misma del cliché y del estereotipo. Anteponer un lugar común a una vivencia, un convencimiento a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo.

*** Leer la conferencia completa en http://www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistacasa/249/paginasalvadas.pdf

domingo, 23 de diciembre de 2007

O'Hara, una yapa

Este es el quinto poema de Frank O'Hara que traduje este año. Como siempre, mi versión es libre y tal vez algo imprecisa. De todos modos, creo que alcanza para apreciar la belleza que nos regala el buen Frank. Para ir cerrando el año, aquí va "To the Harbormaster".
Al jefe del puerto
Quería estar seguro de alcanzarte;
aunque mi barco iba hacia allá quedó
atrapado en unas amarras. Siempre estoy atando
y luego decidiendo partir. En las tormentas y
al caer la tarde, con los lazos metálicos de la marea
en torno de mis brazos inescrutables, soy incapaz de
explicar las formas de mi vanidad
o voy fuerte a barlovento con mi timón polaco
en mi mano y el sol que cae. A
vos te ofrezco mi quilla y las cuerdas maltrechas
de mi voluntad. Los terribles canales adonde
el viento me empuja contra lo labios marrones
de los juncos no están todos detrás de mí. Pero
confío en la salud de mi velero; y
si se hunde bien puede ser una respuesta
al razonamiento de las voces eternas,
las olas que no me han dejado alcanzarte
Frank O’Hara

miércoles, 24 de octubre de 2007

Otro de O'Hara

A un amigo le gustó mucho el poema de Frank O’Hara que publiqué hace unas semanas. Le dije que seguiría ensayando algunas traducciones, ya que hay muy pocas en la web. Aquí va mi versión (libre, por supuesto) de “Morning”.
De mañana
Tengo que decirte
cuánto te amo siempre
lo pienso en grises
mañanas con muerte
en mi boca el té
nunca está bien caliente
entonces y el cigarrillo
seco la bata marrón
me da frío te necesito
y miro por la ventana
la nieve silenciosa
Por la noche en el muelle
los colectivos brillan
como nubes y me siento solo
pensando en flautas
Te extraño siempre
cuando voy a la playa
la arena está mojada con
lágrimas que parecen mías
aunque yo nunca sollozo
y te tengo en mi
corazón con un muy real
humor del que estarías orgullosa
el estacionamiento está
lleno y estoy parado
haciendo sonar las llaves el auto
está vacío como una bicicleta
qué estás haciendo ahora
dónde comiste tu
almuerzo y había
muchas anchoas
es difícil pensar
en vos sin mí en la
frase me deprime
cuando estás sola
Anoche las estrellas
eran numerosas y hoy
la nieve es su tarjeta de visita
no seré cordial
no hay nada que
me distraiga la música
es apenas un crucigrama
sabés cómo es
cuando sos la única
pasajera si hay un
lugar más allá de mí
te ruego que no vayas
Frank O’Hara (1928-1968)

jueves, 4 de octubre de 2007

Para Carlos Fuentealba

Y la muerte no tendrá señorío
Por Dylan Thomas (1933)

Y la muerte no tendrá señorío.
Desnudos los muertos se habrán confundido
con el hombre del viento y la luna poniente;
cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,
tendrán estrellas a sus codos y a sus pies;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar saldrán de nuevo,
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;
y la muerte no tendrá señorío.
Y la muerte no tendrá señorío.
Bajo las ondulaciones del mar
los que yacen tendidos no morirán aterrados;
retorciéndose en el potro cuando los nervios ceden,
amarrados a una cuerda, aún no se romperán;
la fe en sus manos se partirá en dos,
y los penetrarán los daños unicornes;
rotos todos los cabos ya no crujirán más;
y la muerte no tendrá señorío.
Y la muerte no tendrá señorío.
Aunque las gaviotas no vuelvan a cantar en sus oídos
ni las olas estallen ruidosas en las costas;
aunque no broten flores donde antes brotaron ni levanten
ya más la cabeza al golpe de lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
las cabezas de los cadáveres martillearán margaritas;
estallarán al sol hasta que el sol estalle,
y la muerte no tendrá señorío.

martes, 18 de septiembre de 2007

Tomar una coca con vos

Hace unos años me regalaron A people's history of the United States, un librazo de Howard Zinn. En el señalador, había un poema de Frank O'Hara. Estuve releyendo a Zinn y me detuve, por primera vez, en el poema de O'Hara. Y me gustó, y decidí traducirlo. No soy de leer poesía; no la entiendo (no sé si hay que entenderla). Como sea, aquí van los versos de O'Hara, poeta neoyorkino (1926-1966), experto en artes plásticas (como podrán apreciar). Si hubiese podido hallar una traducción en la web, les habría ahorrado la mía, que es apenas un ejercicio bastante precario y tal vez antojadizo. Ah, el formato del blog no me deja acomodar bien los versos, así que quedará como blogspot mande...
***
Tomar una coca con vos es incluso más divertido que ir a San Sebastián, Irun, Hendaya, Biarritz, Bayona
o sentir náuseas en la Travesera de Gracia en Barcelona
un poco porque en tu camisa naranja te parecés a un San Sebastián mejor y más feliz
un poco porque te amo, un poco por tu amor al yogur
un poco por los fluorescentes tulipanes naranjas alrededor de los abedules
un poco por el secreto de nuestras sonrisas frente a la gente y las estatuas
es difícil creer cuando estoy con vos que puede haber algo tan rígido
tan solemne tan desagradablemente definitivo como las estatuas cuando justo frente a ellas
en la cálida luz de Nueva York a las 4 en punto vamos y venimos
entre unos y otros como un árbol que respira a través de sus adornos
y parece que no hay ningún rostro en la muestra de retratos, sólo pintura
de golpe te preguntás por qué diablos alguien los hizo
Te miro
y prefiero mirarte a vos antes que a todos los retratos del mundo
excepto, posiblemente, El Jinete Polaco, de vez en cuando, que de todos modos está en el Frick
que gracias a dios todavía no visitaste así podemos ir juntos por primera vez
y el hecho de que te muevas con tanta belleza de algún modo se ocupa del Futurismo
del mismo modo que en casa nunca pienso en el Desnudo bajando una escalera o
cuando ensayo en uno de esos dibujos de Leonardo o Miguel Ángel que solían asombrarme
y de qué les sirve a los impresionistas toda la investigación que se hace sobre ellos
cuando no tuvieron a la persona indicada parada junto al árbol al caer el sol
o lo mismo con Marino Marini cuando no hizo el jinete tan cuidadosamente como el caballo
parece que a todos se nos escamotea alguna experiencia maravillosa
pero yo no voy a dejarla pasar y es por eso que te digo todo esto.
Frank O'Hara (1960)

lunes, 20 de agosto de 2007

El Paraíso (fragmento)

Franz Kafka
La expulsión del Paraíso debe ser, según su significado principal, eterna. En consecuencia, la expulsión del Paraíso es final, y la vida en este mundo inapelable, pero la naturaleza eterna del evento (o, para expresarlo en términos de temporalidad, la repetición eterna del evento), hace posible que no sólo podamos estar viviendo continuamente en el Paraíso, sino que en la práctica estemos en él permanentemente, sin que tenga la menor importancia el hecho de que sepamos o no que nos encontramos en el Paraíso.
Vivimos en pecado no sólo porque comimos del Árbol del Conocimiento, sino porque aún no hemos comido del Árbol de la Vida. El estado en que nos encontramos es de pecado, más allá de que seamos o no seamos culpables.
Estábamos destinados a vivir en el Paraíso, y el Paraíso estaba hecho para nosotros. Nuestro destino fue alterado; pero no podemos estar seguros de que lo mismo haya ocurrido con el destino del Paraíso.
Y si bien fuimos expulsados del Paraíso, el Paraíso no fue destruido. De algún modo, nuestra expulsión del Paraíso fue un golpe de suerte, porque en caso de que nosotros no hubiéramos sido expulsados, se debería haber destruido al Paraíso.

viernes, 3 de agosto de 2007

Los mensajeros (de Franz Kafka)

Se les ofreció elegir entre convertirse en reyes o mensajeros de los reyes. Como niños, todos quisieron ser mensajeros. Por lo tanto, sólo hay mensajeros que recorren velozmente el mundo, gritándose unos a otros mensajes que ya no tienen sentido, puesto que no hay reyes. Les gustaría poner fin a sus miserables vidas, pero no se animan a causa de sus juramentos de servicio. Traducción de Fernando Lizárraga

martes, 17 de julio de 2007

El silencio de las sirenas

Franz Kafka
Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción. Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo.
Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.
Extraído de Biblioteca Digital Ciudad, www.ciudadseva.com