domingo, 23 de diciembre de 2007

O'Hara, una yapa

Este es el quinto poema de Frank O'Hara que traduje este año. Como siempre, mi versión es libre y tal vez algo imprecisa. De todos modos, creo que alcanza para apreciar la belleza que nos regala el buen Frank. Para ir cerrando el año, aquí va "To the Harbormaster".
Al jefe del puerto
Quería estar seguro de alcanzarte;
aunque mi barco iba hacia allá quedó
atrapado en unas amarras. Siempre estoy atando
y luego decidiendo partir. En las tormentas y
al caer la tarde, con los lazos metálicos de la marea
en torno de mis brazos inescrutables, soy incapaz de
explicar las formas de mi vanidad
o voy fuerte a barlovento con mi timón polaco
en mi mano y el sol que cae. A
vos te ofrezco mi quilla y las cuerdas maltrechas
de mi voluntad. Los terribles canales adonde
el viento me empuja contra lo labios marrones
de los juncos no están todos detrás de mí. Pero
confío en la salud de mi velero; y
si se hunde bien puede ser una respuesta
al razonamiento de las voces eternas,
las olas que no me han dejado alcanzarte
Frank O’Hara

domingo, 16 de diciembre de 2007

Y más...

Para Grace, después de una fiesta
No siempre sabés lo que siento.
Anoche, en el aire tibio de primavera yo estaba
fulminando mi diatriba sobre alguien que no
me interesa, era mi amor por vos lo que me
quemaba,
y no es raro? porque en habitaciones llenas de
extraños mis sentimientos más tiernos
se retuercen y
soportan del fruto del grito. Estirá tu mano,
¿no hay
de repente un cenicero ahí? junto
a la cama? Y alguien a quien amás entra en el cuarto
y dice
no querrías los huevos un poquito
diferentes hoy?
Y cuando llegan son
simplemente huevos revueltos y el calor
sigue
Frank O’Hara

martes, 27 de noviembre de 2007

Más de O'Hara

Según lo planeado
Después del primer vaso de vodka
uno puede aceptar casi cualquier cosa
de la vida incluso su propio misterio
uno piensa que está bueno que esta caja
de fósforos sea púrpura y marrón y se llame
La Petite y venga de Suecia
porque son palabras que uno conoce y es
todo lo que uno conoce palabras no sus sentimientos
o lo que significan y uno escribe porque
las conoce y no porque las entienda
porque no es así uno es estúpido y haragán
y nunca será grandioso pero uno hace
lo que conoce porque ¿qué otra cosa queda?
Frank O'Hara (1928-1968)

jueves, 1 de noviembre de 2007

Leña del árbol caído

Sí, a veces es indispensable hacer leña del árbol caído. Y aunque Sobisch no merece siquiera ser comparado con un árbol (ni con el más elemental de los líquenes), el dicho popular debe ser invertido en la actual situación post-electoral. Hace un par de noches, en una de esas insoportables mesas de opineitors que montaron todos los canales de televisión, el circunspecto Nelson Castro aconsejó magnanimidad en la victoria y humildad en la derrota. Ahora bien, esto sólo es posible en las novelas de caballería; en el mundo real, la magnanimidad del vencedor sólo se obtiene con la humillación voluntaria del derrotado. Y Sobisch, lo sabemos, no acostumbra a ser humilde y mucho menos a humillarse ante sus vencedores. Anteanoche, en un canal de cable, pasaron esa rara película alemana sobre los últimos días de Hitler: “La caída”. En una escena, Eva Braun (casi) le ruega al Fürher que no ejecute a un supuesto traidor-desertor (que, para más datos, es cuñado de Eva). Hitler no accede, por supuesto. Ella se atreve a preguntarle por qué. Y él responde, con un grito desde lo profundo: “Porque es mi voluntad”. Sobisch está hecho del mismo material. Los resultados electorales no le harán mella, como no le hacían mella a Hitler los partes de guerra que le mostraban que Berlín estaba en ruinas. Para ambos, Hitler y Sobisch (nietzscheanos a fin y al cabo), lo único que importa (lo único que existe) es la voluntad de poder.
No voy a negar que por un ratito, en la madrugada del lunes, sentí algo así como una leve alegría cuando supe que Sobisch no había alcanzado ni siquiera el 2 por ciento de los votos a nivel nacional. También tuve un efímero consuelo estadístico al ver que en su propia provincia, Neuquén, había arañado apenas al 20 por ciento (y sus mejores desempeños habían sido en los departamentos más pobres y rurales). Era bueno saber que el 80 por ciento de los neuquinos y el 98 por ciento de los argentinos no habían votado al asesino de Carlos Fuentealba. Tampoco pude reprimir un par de insultos a la pantalla de mi tele cuando vi su jeta y escuché sus balbuceos atragantados e inconexos (me hizo acordar al insufrible Jim Carrey en “Mentiroso, mentiroso”. Si no la vieron, mejor; es una porquería). Más tarde, cerca de las 3 de la mañana, me permití otra ligera sonrisa cuando se confirmó que el opaquísimo José Brillo, recontra-alcachuete de Sobisch, había perdido en las elecciones municipales de Neuquén. En medio de tanta malaria, la doble derrota de Sobisch merecía ser gozada, aunque sea por unos instantes, que es el tiempo que dura el optimismo del corazón.
El pesimismo de la razón, en cambio, es más obstinado. A contrapelo de lo que andan diciendo los comentaristas de los medios de incomunicación antisocial de nuestra comarca, estoy convencido de que Sobisch no está acabado. La razón de fondo es la que expuse más arriba: a él sólo le basta con la voluntad de poder; la derrota no es parte de su (elemental) vocabulario. Ahora bien, como me lo hicieron notar en las últimas horas, las estadísticas también pueden ser leídas a favor del ya casi ex gobernador. No es poca cosa que haya cosechado casi 300 mil votos en todo el país (con el 74 por ciento de las mesas escrutadas) y que sólo en la provincia de Buenos Aires haya obtenido más de 100 mil votos. No es menos impactante que el misérrimo 20 por ciento provincial se traduzca, en términos absolutos, en 50 mil votos (la mitad del padrón del Movimiento Popular Neuquino). Es cierto que Sobisch esperaba orillar el millón de sufragios, pero 300 mil no son pocos para un proyecto de inspiración y metas fascistas. ¡Imaginen nomás a Sobisch multiplicado por 300 mil! Por eso, pensar que está definitivamente derrotado, no sólo es ingenuo sino también suicida. Decir que Sobisch “ya fue” es una forma irresponsable de decir que ya no hace falta ajustar cuentas con este criminal, es una aviesa invitación al olvido, es pedir magnanimidad ante el vencido.
Decir que Sobisch “ya fue” también significa minimizar la continuidad que implica la futura gobernación de Jorge Augusto Sapag. Quizás para el diario Río Negro las cosas vayan a ser totalmente distintas, por el solo hecho de que recuperará su jugosa cuota de publicidad oficial (y esto es un mundo de diferencia para las finanzas de la empresa periodística). Pero ¿cuál es la diferencia sustancial entre Sobish y Sapag? A mi juicio, ninguna, absolutamente ninguna. No es difícil explicarlo. El Estado es, por definición, sustancialmente, un aparato represivo al servicio de la clase dominante (y de sí mismo). Y hasta donde me alcanza la memoria, tanto Jorge Sapag como Jorge Sobisch no trepidan en exhibir esta sustancia cuando lo creen necesario. La represión en el Ruca Che fue ordenada por Sapag, la represión en la Ruta 7 contra el movimiento anti-peaje, también fue ordenada por Sapag (cabe añadir que esta heroica acción policial fue paradigmática por su brutalidad: no se hizo contra dirigentes y militantes sindicales más o menos curtidos en las calles y las rutas, no; la ira del Estado se descargó contra una multitud de vecinos y vecinas, niños y niñas, sin miramiento alguno). Para quienes no lo recuerdan, también es preciso tener presente que la huelga docente del año 2003 se dilató durante semanas porque quien se negó al diálogo no fue otro que Jorge Sapag (quien ahora se presenta como el más dialoguista de los dialoguistas). Finalmente, y esto es un pedido de ayuda: ¿alguien me puede pasar el dato preciso del día en que Sapag repudió y condenó a Sobisch por haber mandado a matar a Fuentealba?
A esta altura, me pregunto de qué coños me alegraba en la madrugada del lunes. Está bien; no hay que privarse de pequeñas alegrías, pero la realidad suele ser oscuramente terca. Y cuando uno observa no sólo la derrota de Sobisch sino también quiénes fueron los vencedores, es inevitable sentir un escalofrío hasta el huesito dulce. Siguiendo con cosas sustanciales; es indudable que Kristina, reina esteparia que nos habla como si fuésemos una manada de idiotas, tampoco tiene dudas a la hora de echar sus jaurías sobre las protestas sociales. Las suaves caricias de los gendarmes y los funcionarios de acelerador fácil son sus armas favoritas (y ya que le gusta compararse con Hillary, no está de más recordar que la esposa de Bill Clinton, no objetó los bombazos de su marido sobre Sudán, Irak, todos los rincones de los Balcanes y Mónica Lewinsky). De Carrió sólo diré una cosa: como ella se negó a hablar del caso Fuentealba, le aplico aquello de que “el que calla otorga”. ¡Y qué decir del intendente electo de Neuquén, el radical-K Martín Farizano y sus siete boletas colectoras! Aunque sus asesores de campaña se hayan esforzado por recalcar que Brillo era el heredero de Sobisch, conviene no olvidar que Farizano es el heredero de Horacio Quiroga, socio y aliado de Sobisch en las buenas y en las malas, un aliado confiable. ¿O ya se habían olvidado? Tal vez, la campaña electoral que ponía el acento en la conexión Brillo-Sobisch haya sido, a mismo tiempo, un astuto juego de manos para ocultar el evidente vínculo Sobisch-Quiroga-Farizano (1). Porque, de nuevo con lo esencial, Pechi Quiroga es un cuadro del establishment, que tampoco condenó (ni condenará) el asesinato de Carlos y que está más que dispuesto a escarmentar a quienes tengan la osadía de protestar. En definitiva, como dicen los pibes, “tamo en el horno”.
Pero no tanto. Como decía al principio, hay hacer leña del árbol caído, impedir que vuelva a brotar. Por más que Sobisch no lo admita (no pueda admitirlo) salió golpeado de esta elección. No le será fácil combinar su voluntad de poder y esas casi 300 mil voluntades que lo votaron. Y mucho menos sin tener control discrecional de los recursos del Estado a partir del 11 de diciembre. Su cólera es síntoma de debilidad, y es muy probable que quiera llevarse todo puesto antes de terminar su gestión. Es un predador herido y, por eso mismo, peligrosísimo. Ya advirtió que nunca se retirará de la arena política; y le creo. Ha logrado instalarse, aunque con magros resultados todavía, como una alternativa de mano ultra-dura, como un as en la manga de los intereses que, por el momento, parecen no necesitar sus sanguinarios servicios. Insisto: pensar que Sobisch “ya fue”, que sus días en la política han terminado, es suicida. Así las cosas, resulta indispensable exigir una vez más, y otra vez, y otra vez, que el fiscal y el juez del caso Fuentealba se sacudan la modorra, pierdan el miedo y dejen de proteger a Sobisch. Es indispensable no darle tregua, impedir que se escabulla; es indispensable comprender que Sapag y su MPN filo-K no son diferentes, ni son diferentes los que dicen ser diferentes. Es preciso hacer leña del árbol caído, aplastar el huevo de la serpiente.
(1) No objeto, en principio, la táctica basada en la idea de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Pero uno de los problemas de aliarse con el quiroguismo radica precisamente en suponer que Quiroga y el quiroguismo son enemigos de Sobisch y el sobischismo. Sobran evidencias de que esta presunción es insanablemente falsa.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Otro de O'Hara

A un amigo le gustó mucho el poema de Frank O’Hara que publiqué hace unas semanas. Le dije que seguiría ensayando algunas traducciones, ya que hay muy pocas en la web. Aquí va mi versión (libre, por supuesto) de “Morning”.
De mañana
Tengo que decirte
cuánto te amo siempre
lo pienso en grises
mañanas con muerte
en mi boca el té
nunca está bien caliente
entonces y el cigarrillo
seco la bata marrón
me da frío te necesito
y miro por la ventana
la nieve silenciosa
Por la noche en el muelle
los colectivos brillan
como nubes y me siento solo
pensando en flautas
Te extraño siempre
cuando voy a la playa
la arena está mojada con
lágrimas que parecen mías
aunque yo nunca sollozo
y te tengo en mi
corazón con un muy real
humor del que estarías orgullosa
el estacionamiento está
lleno y estoy parado
haciendo sonar las llaves el auto
está vacío como una bicicleta
qué estás haciendo ahora
dónde comiste tu
almuerzo y había
muchas anchoas
es difícil pensar
en vos sin mí en la
frase me deprime
cuando estás sola
Anoche las estrellas
eran numerosas y hoy
la nieve es su tarjeta de visita
no seré cordial
no hay nada que
me distraiga la música
es apenas un crucigrama
sabés cómo es
cuando sos la única
pasajera si hay un
lugar más allá de mí
te ruego que no vayas
Frank O’Hara (1928-1968)

martes, 9 de octubre de 2007

Carta al fiscal Richard Trincheri

Es evidente que los expedientes te molestan, te fastidian, te resultan insoportables. Estamos de acuerdo: la verdad no puede depender de un expediente, por lindo y prolijito que sea. A mí también me hartan los papeles, los papeleos, los papelones y las papeleras. Tal vez tengas razón cuando proponés una reforma que consagre el principio “dentro del juicio, todo; fuera del juicio, nada”. Sin embargo, Richard, hasta que tus colegas de la corporación judicial y los legisladores se dignen a seguir tus sabios consejos, no tenés más remedio que soportar el expediente. Y más aun, tenés la obligación de armar un buen expediente, uno que se parezca a la verdad. Pero me da la sensación de que, por lo menos en el caso del asesinato de Carlos Fuentealba, te dejaste llevar por tu aversión al teclado, al papel tamaño oficio y los clips de colores. Intentando curarme el insomnio, se me ocurrió leer detalladamente el requerimiento que le hiciste al juez hace un par de meses. Me había llegado por los diarios algo de lo que habías escrito, pero nunca imaginé que hubieses sido tan, digamos, desprolijo para fundamentar el pedido de indagatoria a Pascuarelli, Salazar y los otros sicarios del régimen del bigote asesino. Vayamos por partes, o por fojas.
Imputarles al ex subsecretario de Seguridad, Raúl Pascuarelli y al ex jefe de Policía, Carlos Salazar, una mera “negligencia” contraría el más puro sentido común. Y lo que es más grave todavía, esta acusación los exime alegremente de su responsabilidad como actores que premeditaron minuciosamente la represión, siguiendo las explícitas órdenes del gobernador ciento por ciento (¡si hasta los jefes policiales admiten que la orden vino de Sobisch!). Como dije en otro artículo que publiqué en este mismo blog (“El Carancho”), no hace falta encontrar órdenes escritas, con membrete, sello y autógrafo; alcanza con revisar las declaraciones de estos funcionarios y del propio gobernador para constatar que aquí no hubo negligencia, que hubo órdenes bien claras, que todo se hizo según lo previsto, que se habían sopesado “consecuencias muchísimo más difíciles” (Sobisch dixit). Pero como descartás de antemano cualquier premeditación, cualquier plan represivo, te contentás con la negligencia.
Otra de tus clamorosas “desprolijidades” se advierte cuando decís que el procedimiento policial fue dispuesto “aparentemente” para impedir el corte de ruta decidido por ATEN. ¿Por qué “aparentemente”? Hasta un tonto sabe que los grupos especiales de la policía no fueron a Arroyito a cazar lechuzas con sus Itakas. Vos mismo decís que el operativo, después de haber “logrado el fin que se pretendía cumplir”, derivó en represión. De esto se sigue que el “aparentemente” es una calificación demasiado generosa para el gobierno provincial, una calificación que deja abierta infinitas ventanas para que Sobisch se escape. Además, es curioso que vos entiendas que la represión comenzó recién después de haber cumplido sus fines, esto es, despejar la ruta, como si los primeros gases y balas no hubiesen sido parte de la represión.
También es sorprendente (o no tanto) que digas que dicho procedimiento “devino en un desmesurado, descontrolado y anárquico operativo de represión policial”. Las palabras, lo sabés, nunca son inocentes, y mucho menos en un expediente. Detengámonos en “devenir”. Según el diccionario de la Real Academia, como verbo, “devenir” significa “sobrevenir, suceder, acaecer, llegar a ser”. Como sustantivo significa “la realidad entendida como proceso o cambio que a veces se opone a ser” o “proceso mediante el cual algo se hace o llega a ser”. No voy a demorarme en las distintas interpretaciones del devenir en la historia de la filosofía, pero debo recordarte que, por lo general, quienes hacen del devenir el centro de sus especulaciones tienden a negar cualquier tipo de agencia humana; en otras palabras, los filósofos del devenir piensan que las cosas devienen por sus propias cualidades sin intervención de decisiones humanas. Así, según tu filosofía, la represión devino porque sí, porque estaba inscripta en la naturaleza de las cosas, como deviene un ventarrón en el desierto en una tarde de sol. Entonces, si el operativo “devino” en represión, según tus palabras, Sobisch, Pascuarelli, Salazar y todos los demás no tuvieron nada que ver.
Veamos ahora tus adjetivos predilectos: “desmesurado, descontrolado y anárquico”. Este trío de palabras mueve al asombro. En primer lugar, decir que un operativo de represión fue “desmesurado” supone la posibilidad de una represión “mesurada”. ¿Es posible que un fiscal como vos, elogiado por su independencia por el diario Río Negro, ignore que toda represión, para ser tal, debe ser “desmesurada”? En segundo lugar, y he aquí el meollo de la cuestión, decir que la represión en Arrroyito fue “descontrolada” es el camino más directo para exculpar a Sobisch, Pascuarelli, Salazar y todos los demás. Me pregunto: ¿por qué no recurriste aquí ese ambiguo “aparentemente” que no tuviste empacho en utilizar respecto de los fines del operativo? ¿Por qué afirmás sin más vueltas que el operativo fue descontrolado? ¿Por qué no decís que fue “aparentemente descontrolado”? Las consecuencias del adjetivo “descontrolado” son atroces: vos mismo, como fiscal, te abstenés de suponer que hubo orden de reprimir hasta matar, clausurás convenientemente todo un universo de posibilidades, dejás todo en manos del devenir y el frenesí de un carnicero profesional como el cabo Darío Poblete, autor del tiro que mató a Fuentealba. ¿Y qué decir de lo “anárquico” del operativo? Esto es, como diría Borges, apenas un énfasis, que refuerza tu argumento de que todo fue meramente un problema de descontrol.
Si todo esto no bastara para ilustrar la blandura de tu acusación, cuando describís la tercera fase de la represión, la cacería en la ruta, no trepidás en sostener que fue “irracional” y que “los comportamientos negligentes que se reprochan [tuvieron] directa relación causal con la muerte registrada, en tanto constituyeron una circunstancia que evidentemente incrementó el riesgo más allá del límite razonable permitido para que se produjeran afectaciones a los bienes jurídicos”. ¿Por qué irracional y no fríamente calculada? ¿Cuál es la medida de la racionalidad? Al decir que fue “irracional”, nuevamente, estás excusando a los autores, como si fuesen simples dementes que se excedieron en sus funciones o que dejaron de hacer lo que debían. Tanto el “exceso” como la “negligencia” son calificaciones a todas luces insatisfactorias. Más aún, según tu argumento acusador, la negligencia de Pascuarelli y sus secuaces sólo tuvo “directa relación causal” en tanto aumentó el riesgo más allá de lo razonable. Es llamativo que la única vez que hablás de “causalidad” lo hagas en relación con la edulcorada negligencia. ¿No hay acaso causalidad directa entre la orden del gobernador y las órdenes que, con toda seguridad, se dieron durante el operativo de represión? Si no encontraste órdenes escritas, esto no significa que no hubo órdenes. De nuevo: ¿por qué suponer que el operativo se salió de control y no suponer que, en realidad todo estuvo bajo control, en todo momento? ¿Qué evidencia tenés para eliminar la hipótesis de que la represión haya sido perfectamente concebida para acabar tal como acabó?
Sigamos un poco más con tus bonitos adjetivos. Cuando hablás de los episodios inmediatos al asesinato de Fuentealba, decís que la represión fue “descomunal e injustificada”. Según el diccionario de la RAE, “descomunal” significa “extraordinario, monstruoso, enorme, muy distante de lo común en su línea”. ¿Fue realmente así? No lo creo; los antecedentes de la policía neuquina permiten afirmar todo lo contrario; para los herederos del fusilador Staub lo extraordinario, monstruoso, enorme y distante de lo común es la norma, no la excepción. Parece que te olvidaste de Cutral Co y el asesinato de Teresa Rodríguez, por sólo mencionar una de las muchas monstruosidades que son la norma en Neuquén; parece que no escuchaste que el actual jefe de policía dijo que Pobrete era un “referente” de la institución. ¿Injustificada? ¿Injustificada para quién? Se nota que no mirás la tele ni leés los diarios, porque Sobisch se ocupó de “justificar” la represión y el asesinato de Carlos Fuentealba. Hay justificaciones que en sí mismas son un crimen, ¿no? Pero al decir que fue “injustificada” le sacás del sayo a Sobisch, y todo vuelve al vaporoso mundo del devenir, donde las cosas ocurren por arte de magia, donde no hay intenciones, ni causas eficientes, ni nada.
En una de esas tenés suerte y te agradecen estas acusaciones (y omisiones) aprobando tu pliego de camarista en la Legislatura. Así, te habrás sacado de encima un problema y volverás a luchar contra los fatigosos expedientes. Mientras tanto, si querés refutarme con hechos, bien podrías añadir nuevas acusaciones, ampliar y precisar tus fundamentos y, sobre todo, requerir que Sobisch preste declaración testimonial. Algunos andan apurándose y exigiendo que pidas su indagatoria. Pero eso sería un error gravísimo, lo sabés. En la testimonial, el bigote no podría negarse a declarar y, al menos formalmente, tendría la obligación de decir la verdad, bajo juramento. Después, si querés, podrías imputarlo y llamarlo a indagatoria (¿o me equivoco?). ¿Qué te impide solicitar estas simples medidas procesales? ¿Qué estás esperando? ¡Ah, ya sé!; estás esperando que todo devenga naturalmente, porque las cosas fluyen así porque sí; todo deviene, nada es; no hay verdad, sólo hay opinión; no hay sujetos, apenas meros títeres de fuerzas incontrolables. ¡Pucha que habías sido posmoderno!
Fernando Lizárraga, 9 de octubre de 2007
***
Postdata (11 de octubre). Me han hecho llegar la siguiente observación: si Sobisch fuese llamado como testigo, ya no podría ser imputado puesto que sus dichos no podrían ser usados en su contra. Es decir; si como testigo Sobisch dijera: "Yo ordené matar a Fuentealba", según la objeción de marras, no puede ser procesado en esta causa; debe inciarse otra causa en la cual sus dichos como testigo no podrán ser usados como prueba. Absurdo, ¿no? (pero la ley suele se absurda). Con todo, y a pesar de las declaraciones de los jefes policiales que reconocen que hubo una reunión en la que Sobisch dio las órdenes represivas, ¡ni siquiera se lo ha llamado como testigo!

jueves, 4 de octubre de 2007

Para Carlos Fuentealba

Y la muerte no tendrá señorío
Por Dylan Thomas (1933)

Y la muerte no tendrá señorío.
Desnudos los muertos se habrán confundido
con el hombre del viento y la luna poniente;
cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,
tendrán estrellas a sus codos y a sus pies;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar saldrán de nuevo,
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;
y la muerte no tendrá señorío.
Y la muerte no tendrá señorío.
Bajo las ondulaciones del mar
los que yacen tendidos no morirán aterrados;
retorciéndose en el potro cuando los nervios ceden,
amarrados a una cuerda, aún no se romperán;
la fe en sus manos se partirá en dos,
y los penetrarán los daños unicornes;
rotos todos los cabos ya no crujirán más;
y la muerte no tendrá señorío.
Y la muerte no tendrá señorío.
Aunque las gaviotas no vuelvan a cantar en sus oídos
ni las olas estallen ruidosas en las costas;
aunque no broten flores donde antes brotaron ni levanten
ya más la cabeza al golpe de lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
las cabezas de los cadáveres martillearán margaritas;
estallarán al sol hasta que el sol estalle,
y la muerte no tendrá señorío.